ABEL FERRARA

Cineasta nacido en el Bronx, azote (antes) de festivales por todo el mundo, responsable de una heterodoxa trayectoria siempre variada pero coherente, que se asoma continuamente al abismo, que juega con él, lo bordea y lo recorre, protagonizada por un puñado de personajes al límite que a veces tienden a confundirse con el propio Ferrara. Desde The Driller Killer (1979) hasta la fecha ha dirigido veintiún largometrajes –y un par de capítulos de Corrupción en Miami (1984-1990)– en una carrera irregular pero siempre apasionante que le ha convertido en la máxima expresión de lo que se llama un “director de culto. En su cine no hay buenos ni malos, solo supervivientes. Filmoteca Española le dedica un ciclo, durante septiembre y octubre, en el que el propio Ferrara estará presentando una de sus películas.

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Géneros o algo parecido

Abel Ferrara ha jugueteado siempre con los géneros, los ha transitado o invadido a su antojo, ha utilizado elementos, escenarios o historias de uno u otra, los ha subvertido, alterado y de algún modo “ferrarizado”. Desde sus primeros trabajos amateurs (entre los que se dice había algunos “pornos experimentales”), el cineasta neoyorquino ha dirigido películas gore The Driller Killer–, cine negro versión policía –Teniente corrupto (1992)– o versión familia de gánsteres –El funeral (1996)–, un rape and revenge (tan de moda cuando el cine podía ser no tan correcto) como Angel of Vengeance (1981)–, una película de vampiras –The Addiction (1996)–, filmes sobre el mundo del cine –The Blackout (1997)–, historias más o menos bíblicas –Mary (2005)–, su propio cuento de Navidad, remakes de clásicos de la ciencia ficción –Body Snatchers (1993)–, películas sobre el fin del mundo –4:44 Last Day on Earth (2011)–, un Romeo y Julieta neoyorquino –China Girl (1987)– o el descenso a las profundidades donde moran los poderosos que manejan el mundo –Welcome to New York (2014)–. Todo tiene cabida en el universo Ferrara. Pero siempre a su manera.

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Algunos tipos duros

Willem Dafoe se convierte en Pasolini en la ultima película de Ferrara. Es la cuarta colaboración entre ambos tras New Rose Hotel (1998), Go Go Tales (2007) y 4:44 Last Day on Earth. Dafoe sustituye así a Peter Weller –El cazador de gatos (1989)–, Christopher Walken –El rey de Nueva York (1990)–, Harvey Keitel –Teniente corrupto– o incluso Vincent Gallo –El funeral– en la lista de socios que el cineasta del Bronx ha encontrado a lo largo de su trayectoria, actores (Asia Argento podría ser su equivalente femenino) que se han convertido en los personajes de Ferrara. Intérpretes todos ellos de similares características físicas, de rostro duro y angulado, de mirada esquiva, nacidos y criados en las calles, en lugares peligrosos de los que han salido con el orgullo intacto y con la mirada de quien ha visto muchas cosas y no juzga ninguna. Compañeros de viaje sin los que el cine de Ferrara se antoja imposible.

Cine dentro del cine

Pasolini no es la primera película de Abel Ferrara que habla del mundo del cine o se desarrolla en sus escenarios. Ni la primera protagonizada por un director, aunque sí la única en que este es un personaje “real” (pese a que en algunos de ellos se adivinen trazas del cineasta). Eddie Israel (Harvey Keitel) en Snake Eyes (1993) es un excesivo cineasta independiente que inicia el rodaje de una nueva película; Matty (Matthew Modine) es una estrella de Hollywood con serios problemas con las drogas y el alcohol que se ve envuelto en una historia de pesadilla en The Blackout; Tony Childress (de nuevo Modine) es otro cineasta al límite que rueda una película en Mary en la que interpreta a Jesucristo. Tres personajes del mundo del cine en crisis que en estas historias se replantean su forma de vida y su profesión.

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Pasolini

Abel Ferrara dedica su última película a las últimas horas de la vida del cineasta italiano Pier Paolo Pasolini antes de ser asesinado en una playa de Ostia el 2 de noviembre de 1975. No es un biopic ni lo pretende, sino una pequeña ventana abierta a una de las personalidades más importantes, heterodoxas e influyentes de la cultura italiana de los años 50 y 60 del siglo pasado. Ferrara lo retrata fundamentalmente en un ámbito familiar, en casa con su madre y amigos, comiendo en restaurantes, en algunas de sus últimas entrevistas, hablando de proyectos futuros, de política, de la convulsa sociedad transalpina de la época, de fútbol, cine, compromiso vital…

Ferrara no profundiza en las circunstancias nunca aclaradas de su muerte. No es ese su objetivo. Ferrara rinde homenaje en Pasolini a un personaje fundamental del cine europeo de medidos del siglo XX del que se siente cercano, con el que comparte algunos rasgos: independencia, irreductibilidad, libertad…

Una película (otra más) inesperada e insólita en una carrera que no deja de sorprender con cada nueva muesca.