‘BOJACK HORSEMAN’: MI REINO POR ESTE CABALLO

Hace pocos meses cenaba con uno de los novelistas de humor más inteligente y cáustico que conozco, Gary Shteyngart, con motivo de la promoción de sus memorias, tragicómicas desde su mismo título: Pequeño fracaso (Libros del Asteroide). Llegados los postres, recomendó encarecidamente a la mesa el visionado de la serie televisiva Bojack Horseman (Netflix). La combinación del vino ingerido, la velocidad de dicción del escritor y el cansancio derivado de la hora tardía me hicieron sospechar que algo no había entendido bien cuando citaba a un caballo dipsómano, una sitcom cursi, la crisis del mundo editorial y un perro con el improbable nombre de Mantequilla de Cacahuete.

Aunque sólo fuera para medir la distancia entre lo interpretado y la realidad, había que seguir su consejo. Bien, con toda la admiración que me merecen sus libros, la mayor contribución que ha realizado a mi vida Shteyngart ha sido conducirme hacia esta obra maestra de la animación, tan gamberra, libre, profunda, alocada y sarcástica que, si no renueva por una cuarta temporada, saldré gritando al balcón cada mañana, estirándome de los pelos y con los ojos fuera de las órbitas, para darle un nuevo giro a la célebre alocución implorante de Ricardo II: “Un caballo, un caballo, mi reino por Bojack Horseman”.

Al final resultó que el puzzle dadaísta que había captado aquella noche en unas condiciones tan difíciles para mis sentidos respondía fielmente a las características de la serie. El protagonista es un equino antropomorfizado -animales y personas comparten atributos y se relacionan (sexo incluido) como si pertenecieran a la misma especie, es decir, la utopía de los animalistas más extremistas hecha realidad o el definitivo salto evolutivo del plantel del Sr. Dolittle-, que en los años 90 estuvo al frente de una sitcom de gran éxito, Horsing around -traducida como Retozando-, ejerciendo de improbable cabeza de familia de tres criaturas. Relamida y sentimentaloide hasta lo sonrojante, los breves flashbacks de la serie dentro de la serie suponen todo un ejercicio de terapia colectiva para la audiencia globalizada que consumía productos de este tipo, a la que parece que se la esté invitando a cuestionarse: ¿qué demonios veíamos en la artificiosidad y blandenguería de esas creaciones estructuradas en torno a las risas enlatadas, caso de Padre de familia o El show de Bill Cosby?  


 

Veinte años después de su emisión, Bojack sigue siendo reconocido allá donde va, posee una mansión impresionante en Los Ángeles y más dinero del que puede gastar, pero es una ruina humana (¿o era caballuna?). Sin nuevos proyectos laborales, enganchado a la botella y al sexo fácil, e incapaz de sentar cabeza, convive con un amigo (el humano Todd), que es una sanguijuela bobalicona, mientras que su apatía y descarrilamientos constantes ponen de los nervios a su ex novia y representante artística (la gata Princess Carolyne). La única forma de que se centre en algo útil y que pueda servir de plataforma para que le lleguen nuevas ofertas de trabajo parece ser la redacción de sus memorias, a cuyo efecto se le contrata a un “negro” (la humana Diane).

Mientras Diane lucha por disciplinar a Bojack y extraer algún hilo coherente de su agridulce vida, su cliente va cayendo perdidamente enamorado de ella y conspira para sabotear su relación sentimental con un actor narcisista y tonto perdido (el señor Mantequilla de Cacahuete, un perro). En la ácida tradición de satirizar la ‘fábrica de los sueños’, Bojack Horseman muestra cómo Hollywood destruye a sus viejos ídolos y cómo Hollywood crea parejas extrañísimas, de aquí que en un descacharrante capítulo, el famoso cartel sobre las colinas de Los Ángeles -que Bojack puede ver desde la terraza de su mansión- acabe sin su letra final: D de Diane, pues su robo es una acto personalizado de amor, pero también porque de “wood” (bosque) pasamos a “woo” (cortejar, enamorar).

Serie de continuos hallazgos y afortunadas transgresiones, llena de detalles microscópicos que se despliegan a tal velocidad que invitan a congelar la imagen, la mayor grandeza de la serie quizás radique en el riesgo que toma al fluir sin descanso del humor  absurdo y surrealista a la tristeza y la melancolía, saliendo siempre airosa de poner en tensión una amplísima paleta emocional en un mismo capítulo, e incluso en una misma escena. Hay pues un tono salvaje y sin red tanto para la risa como para el llanto. Bojack aborda temas delicados como una infancia terrorífica, el cáncer, los conflictos bélicos, el amor no correspondido o la amistad truncada, pero es también capaz de provocar carcajadas con sublimes juegos de palabras a partir de la confluencia del mundo humano y animal, mofarse de forma genial de la crisis del sector editorial y componer escenas de una ternura estremecedora.

Bojack Horseman sería incomprensible sin la cavernosa voz del actor canadiense Will Arnett (aquí además productor y cuyo timbre muchos recordarán por ser el del Batman de Lego. La película), que ya ha pasado a la historia por haber fijado para siempre cómo hablaría un corcel chulesco y sensible, respaldado por un elenco igualmente magnífico, en el que llama la atención la presencia de Aaron Paul (Jessy Pinkman en Breaking bad), en funciones también de productor ejecutivo. Con todos mis respetos para los dobladores, sacrificar la vibración de estas cuerdas vocales sería como pedir lubina en un asador argentino. ¿Y qué decir de los títulos de crédito en los que el protagonista se desliza de la mañana a la noche en primer plano por una sucesión de escenarios familiares, recogiendo su rostro las cargas de la jornada y protagonizando una caída más antológica que la de Don Draper en los de Mad Men? Simplemente que son una cumbre dentro del género televisivo.