CINEASTAS DE PELÍCULA

El estreno de Eisenstein en Guanajuato (2015), la nueva película de Peter Greenaway, y Mia madre (2015), de Nanni Moretti, convierte el número de enero de Clapp en el lugar perfecto para repasar algunas de las películas protagonizadas por cineastas a lo largo de la historia. Cómo se ven a sí mismos, cómo han aparecido retratados en el cine, cómo quienes mejor los conocen (ellos mismos) los han contado. Directores reales como Hitchcock o Pasolini, por supuesto, pero también otros ficticios, personajes inspirados en cineastas reales o no, creadores directamente inventados por los guionistas o basados en experiencias, propias o ajenas.

Han sido muchas las películas sobre el tema, muchos los directores y algunas las directoras que ha creado el cine para hablar de sí mismo, así que esto no pasa de ser un recordatorio a vuelapluma de algunas de ellas.

LOS INICIOS

Los comienzos del cine, una época de pioneros y aventureros, donde el nacimiento de un nuevo arte y de una nueva industria son el terreno perfecto para que gentes emprendedoras y en busca de un futuro se lancen de cabeza.

Visionarios como Georges Méliès, auténtico padre del cine, a quien Martin Scorsese rescata del olvido (como sucedió en la vida real) con los rasgos de Ben Kingsley en La invención de Hugo (2011).

Robert Downey Jr. fue Charles Chaplin en el biopic Chaplin, dirigido en 1992 por Richard Attenborough.

Otro de los primeros genios del cinematógrafo, David W. Griffith (Charles Dance), fue uno de los protagonistas de Good Morning, Babilonia (1987), película de los hermanos Taviani en tono al rodaje de Intolerancia (1916).

Y John Malkovich se convierte F. W. Murnau, director de clásicos inmortales como Nosferatu (1922) o Fausto (1926), en La sombra del vampiro (Elias Merhige, 2000), que cuenta su extraña relación con Max Schreck, protagonista de la primera, de quien algunos han dicho que era un vampiro de verdad.

Peter Jackson y Costa Botes dirigen en 1995 la fundacional Forgotten Silver, (falso) documental sobre el pionero del cine neozelandés Colin McKenzie.

ALGUNOS HOMBRES BUENOS

Alfred Hitchcock y Orson Welles han sido quizá los directores más retratados por el cine. El inglés ha sido encarnado recientemente por Anthony Hopkins en Hitchcock (Sacha Gervasi, 2012) y por Toby Jones en The Girl (Julian Jarrold, 2012). Orson Welles ha aparecido en títulos como Me and Orson Welles (2008), de Richard Linklater, interpretado por Christian McKay, o RKO 281 (Benjamin Ross, 1999), con los rasgos de Liev Schreiber. Vincent D’Onofrio también fue Welles en Ed Wood (1994), homenaje de Tim Burton al considerado peor cineasta de todos los tiempos.

La conmovedora Dioses y monstruos (1998), de Bill Condon, relata los últimos días de la vida del realizador de El doctor Frankenstein (1931), James Whale, interpretado de manera magistral por Ian McKellen.

Willem Dafoe ha sido Pasolini (2014) a las órdenes de Abel Ferrara, que cuenta los últimos días de su vida. Años antes el propio cineasta del Bronx retrató en Mary (2005) a un realizador (Matthew Modine) encantado de conocerse y hambriento de fama que prepara una película sobre Jesucristo que él mismo va a interpretar.

Y hay que citar obligatoriamente antes de acabar el díptico dirigido por Vincente Minnelli: Cautivos del mal (1952) y Dos semanas en otra ciudad (1962). Aunque el protagonista de ambas sea Kirk Douglas interpretando respectivamente a un desalmado productor y a un actor olvidado, los directores encarnados por Barry Sullivan y Edward G. Robinson tienen gran protagonismo en estos despiadados retratos del mundo del cine.

CINEASTAS EN CRISIS

Quizá porque la gente feliz no es el material favorito del cine, los cineastas en crisis, sea esta del tipo que sea, han protagonizado diversas obras que han servido a sus directores para reflexionar en torno a su oficio. Quizá el ejemplo más claro sea Los viajes de Sullivan (Preston Sturges, 1941), donde Joel McCrea interpreta a un director de cine comercial harto de su trabajo que decide rodar una película realista, alejada de todo lo que ha hecho hasta el momento, una obra cercana a la gente. Se disfraza de vagabundo y decide salir a las calles para ver cómo viven las personas pobres, cuáles son sus problemas, sus frustraciones y sus sueños… hasta que llega a la cárcel y comprueba la importancia del cine como entretenimiento.

Marcello Mastroianni es un director en crisis de ideas, quizá un trasunto del propio cineasta de Rímini, en una de las mejores películas jamás rodadas sobre la creación artística, Fellini 8 ½ (1963).

En Recuerdos (1980), Woody Allen interpreta a otro director cansado de rodar comedias que tras asistir a una retrospectiva sobre su obra piensa en su carrera y en el futuro. En otro registro absolutamente distinto Allen dirige años después Un final made in Hollywood (2002), donde interpreta a un realizador que ha perdido la vista justo antes de comenzar el rodaje de su nueva película y trata de seguir adelante sin que nadie se dé cuenta de este pequeño inconveniente.

Theo Angelopoulos retrata en La mirada de Ulises (1995), con la complicidad de Harvey Keitel, la vuelta a su país de un cineasta griego exiliado en USA. La película es un viaje al corazón de los Balcanes y al inicio del cine en su centenario.

Humphrey Bogart es un director en busca de una estrella en La condesa descalza (1954), de Joseph L. Mankiewicz.

En Arrebato (1979), la legendaria película de Iván Zulueta, Eusebio Poncela interpreta a un cineasta vampirizado por su propia cámara.

Y Amator (1979), de Krzysztof Kieślowski, cuenta la historia del obrero de una fábrica que compra una cámara de cine en la Polonia comunista y acaba convirtiéndola en el centro de su vida, en un anticipo de lo que acabaría sucediendo décadas después, cuando lo más importante ya no es ver algo sino grabarlo.

SE RUEDA

Clint Eastwood dirigió y protagonizó en 1990 Cazador blanco, corazón negro según la obra de Peter Viertel sobre su experiencia durante el rodaje de La reina de África (1951), donde él mismo se reservó el papel del legendario cineasta John Huston (Wilson en la película).

Uno de los filmes sobre el mundo del cine más célebre es La noche americana (1974), de François Truffaut, historia del rodaje de una película en la que el propio realizador francés interpreta al director de la misma.

Vivir rodando (1995), de Tom DiCillo, se centra en la filmación de una película independiente, basándose sin duda en su propia experiencia; al director le presta sus rasgos Steve Buscemi.

Antonio Resines interpreta en La niña de tus ojos (1998), de Fernando Trueba, a un director de cine español que marcha a la UFA alemana para rodar una película con folclórica en los años treinta.

Robert Armstrong viaja a una lejana isla para filmar una película al comienzo de King Kong (Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, 1933).

También la lluvia (2010), de Icíar Bollaín, relata el intento de un director, Gael García Bernal, por rodar una película sobre el descubrimiento de América en mitad de una crisis relacionada con el suministro de agua.

‘EISENSTEIN EN GUANAJUATO’

En 1931 el cineasta ruso Sergei Eisenstein, tras pasar un tiempo en California intentando sacar adelante un proyecto con la factoría Chaplin, llega a Guanajuato con vistas a rodar una película, que será producida por el escritor Upton Sinclair, para la que filmó hasta 400 kilómetros de film en los meses siguientes y que nunca llegó a finalizar, aunque el material rodado ha sido desde entonces editado en diversas ocasiones, siendo el montaje más célebre el conocido como ¡Qué viva México!

El veterano realizador británico Peter Greenaway, antaño enfant terrible del cine europeo con títulos como El contrato del dibujante (1982), El vientre de un arquitecto (1987) o El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante (1989), dirige este irreverente retrato de los primeros días que Eisenstein pasó allí, que tuvieron una gran importancia en su obra y en su vida (“en los países occidentales Octubre es conocida como ‘los diez días que conmovieron al mundo’; pues estos son los diez días que conmovieron a Eisenstein”, dice el cineasta sobre su estancia). La película sostiene que fue allí donde tomó conciencia de su homosexualidad, muchos años oculta en Rusia, pues tampoco entonces las autoridades locales la consideraban aceptable (de hecho, las actuales han protestado oficialmente por sugerir que una de sus glorias nacionales era gay).

De la mano de su guía y cicerone sexual (“cuando llegué era virgen y ahora soy un libertino”) Jorge Palomino Cañedo, Eisenstein se pasea por Guanajuato con su traje blanco y su pelo alborotado, hablando de cine y revoluciones, de su país natal y de México, de muertos y vivos, de amor y sexo, del descubrimiento de su verdadero ser, mientras intenta levantar la película.

Fotografías, dibujos, pantallas partidas, imágenes de gran belleza, música, animaciones… un collage multicolor del que se sirve Greenaway para aventurar cómo pudo ser un trozo de la vida del maestro del cine soviético Sergei M. Eisenstein, responsable de inmortales títulos como El acorazado Potemkin (1925), Alexander Nevski (1938) o Iván el Terrible (1945).

‘MIA MADRE’

Mia madre (2015) es la nueva película del italiano Nanni Moretti, uno de los cineastas europeos más prestigiosos de los últimas cuatro décadas, convertido con el paso de los filmes y los años en referencia del cine del Viejo Continente.

La misa ha terminado (1985) y Palombella rossa (1989) suponen su revelación nacional y Caro diario (1993) y su viaje en Vespa, en el resto del planeta. Todas ellas las protagoniza también él, hecho que se repite a lo largo de casi toda su trayectoria. Posteriormente llegarían otros títulos destacados como Abril (1998), La habitación del hijo (2001) o Habemus Papam (2011).

En Mia madre la protagonista es una mujer, hecho inhabitual en su filmografía (Moretti se reserva el papel secundario de su hermano). Margherita (Margherita Buy) es una directora de cine comprometida que rueda una película sobre la crisis económica en un momento complicado, pues está separada, tiene una hija adolescente y su madre está enferma. Margherita debe alternar su trabajo con sus visitas al hospital, donde ve cómo la mujer que le dio la vida se desvanece poco a poco. Por si no fuera suficiente, en el film que rueda participa un particular actor americano, interpretado por John Turturro.

Mia madre es una despedida, la preparación para el adiós definitivo a la madre, una persona que siempre ha estado ahí, que se apaga y que en algún momento dejará de estar.

En un momento de Tres dies amb la família (2009), el personaje de Eduard Fernández, después de la muerte de su padre, le dice a su hija que cuando mueren tus padres, te sientes un poco más solo en el mundo. De esto es de lo que trata esencialmente la nueva película de Moretti, de soledad ante la desaparición de los padres y madres, del desamparo, de la vida que pasa y corre y cambia. Nadie está preparado para la muerte de sus progenitores. Pero es algo que acaba pasando.

La película también habla del arte que quiere decir cosas, de películas sobre el turbulento tiempo actual, de un cine comprometido con la realidad –prácticamente ausente, por ejemplo, de la cinematografía española, con notables excepciones como Hermosa juventud (Jaime Rosales, 2014) o la reciente Techo y comida (Juan Miguel del Castillo, 2015)–.

Pero Mia madre habla principalmente de la mamma que se va.