ENTENDER QUE LISA SIMPSON QUIERE UNA PISCINA O LA REPRESENTACIÓN DE LA MUJER EN LA ACTUAL FICCIÓN TELEVISIVA

En el tercer capítulo (La escritora) de la cuarta temporada de Girls, el personaje de Hannah Horvath hace notar a sus compañeros de posgrado de escritura creativa que todos los nombres que han citado al tratar el asunto de las felaciones literarias son masculinos. Philip Roth o Martin Amis serán grandes escritores, pero que sólo se recuerde su acercamiento a la materia es una prueba más de discriminación de género. Cuando la sombra de estar actuando como una neurótica pende acto seguido sobre Hannah, esta se defiende apuntando que el calificativo servía de comodín en el siglo XIX para que un marido se deshiciera de una mujer que le incordiaba, bastando su invocación para internarla.

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En estos 10/15 segundos de brillante defensa verbal, la actriz Lena Dunham, creadora de la serie, deslizaba (conscientemente o no) la hipótesis de que la ficción televisiva estuviera corrigiendo (o, cuanto menos, sometiendo a debate) una grave deficiencia social luego amplificada por la novela: la unicidad del punto de vista y del impacto en cuestiones que afectan en igual medida a ambos sexos.

Pero antes que preguntarse ingenuamente si las series de televisión están luchando por alguna suerte de paridad, quizá cabe ser más modestos y empezar por indagar si se ha alcanzado un acuerdo de mínimos: ¿ofrecen, por norma general, un tratamiento digno de la mujer, entendiendo por ‘digno’ un uso no estereotipado, es decir, no sustentado en las limitaciones y fantasías masculinas?  Expresado de otra manera, ¿puede Lisa Simpson estar medianamente satisfecha del modo en que sus ansias de justicia y libertad se extienden a las fórmulas de representación de las que son como ella (exceptuando el amarillo cutáneo)?


DE MITO SEXUAL A MADRE LESBIANA

El control creativo de unas pocas ficciones televisivas en manos de mujeres ha traído avances sustanciales en la erradicación del androcentrismo. En 2004 la serie L. otorgaba el protagonismo absoluto a un grupo de lesbianas de Los Ángeles, donde a las tensiones amorosas, crisis de amistad y desencuentros laborales predecibles se añadía un tema troncal que las narrativas heterosexuales no habían tenido ni siquiera que plantear: la aceptación social y en el núcleo familiar de las preferencias sexuales del reparto. El homosexual dejaba de ser un secundario con el que se cumplía el expediente de contentar superficialmente a la parte ‘oculta’ de la audiencia para tomar el centro del escenario.

Independientemente de los méritos artísticos de la serie, que, por cierto, contó como fugaz guionista con una de las escritoras más atrevidas e incómodas a la hora de analizar los roles de género, como es A.M. Homes, constituyó un símbolo en la lucha por la normalización. Los que puedan pensar que su ejemplo no es tan relevante en un artículo teóricamente destinado a evaluar el tratamiento de la mujer de preferencias sexuales más comunes, deberán al menos aceptar que la idea del trío de responsables de la serie (Michele Abbott, Ilene Chaiken y Kathy Greenberg) de reciclar a un mito erótico como Jennifer Beals, que  en Flashdance incendió la libido masculina urbi et orbi, en una lesbiana ansiosa por adoptar con su pareja supuso toda una declaración de intenciones


ESCUCHA A SKYLER WHITE

Si Lena Dunham representa la visión joven y hype de la necesidad de reflexionar acerca de las particularidades de lo que supone ser mujer hoy, cuyo enfoque entronca con cierta literatura indie-cool (Sheila Hite, Miranda July) que a veces incurre en efectismos, lapsus solipsistas y cavidades, Jenji Kohan vendría a ser una versión más adulta, centrada y decididamente arriesgada. Las heroínas de sus creaciones Orange is the New Black y Weeds, una rubia mona y de clase media presa en una cárcel de mujeres y una viuda y madre metida a traficante de marihuana suburbial para mantener su nivel de vida, respectivamente, tienen el mérito de someter el prototipo de la modista reina del baile de graduación y la Soft-Ball Mom a una batería de electroshocks. No hablamos de una transgresión muy acentuada, pues es la complicidad del espectador y no su violentación lo que se persigue, pero el simple abandono de las zonas de confort supone un aliciente.

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Y ya que hablamos de ‘dealers’ improbables, Breaking Bad atrajo casi todas las miradas sobre su elenco masculino, pero tanto los personajes de Skyler White como de Marie Schrader experimentaron a lo largo de sus cinco temporadas un crecimiento dramático sobresaliente. Lejos de ser unas comparsas en el juego del gato y el ratón emprendido por sus maridos, funcionaron progresivamente como el freno y el sentido común ante la demencial escalada de violencia en que aquellos se acabaron enredando. Si en vez de llamar a Saul, Walter hubiese llamado a Skyler, otro gallo hubiese cantado.


A SUS PIES, PRIMERA MINISTRA

Sin más rodeos vayamos al ideal, a aquella serie televisiva que merecería un hipotético premio a la más favorecedora fotografía vertida sobre el género femenino. La producción danesa Borgen, concebida por Adam  Price, sigue el ascenso al poder y compleja consolidación en el mismo de una primera ministra que, al contrario que tantos líderes políticos masculinos mostrados en la pequeña y en la gran pantalla, no pierde los roles propios de su esfera de intimidad, esto es, no deja de ser hija, madre y esposa por el hecho de empuñar un cetro de mando. Antes que el incauto se incline a pensar que hablamos de una producción de ciencia ficción, advertir que los caprichos de la realidad quisieron que Dinamarca tuviera una primera ministra de carne y hueso prácticamente en paralelo a su sosias catódica.

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Por momentos el personaje de Birgytte Nyborg ve entrar en su corazón la oscuridad que acarrea el cargo, pero hay que decir que, aún con la excepción de alguna víbora descarriada y de algún trajeado íntegro, por una vez la testosterona que la rodea incurre en un número muy superior de maldades, estupideces y niñerías. La serie hace explícito el terreno excepcional que pisa al colocar su eje sobre una mujer poderosa, al tiempo que hace una posible llamada encubierta a que cunda su ejemplo, al plantear al final de su segunda temporada un debate nacional sobre si las mujeres están capacitadas para ocupar altos cargos políticos desde el momento en que la responsabilidad que conllevan estos hacen del todo imposible la conciliación familiar.

Que la sublimación de la honestidad y el empeño periodístico esté encarnado por dos mujeres, siendo una de ellas una señora ya entrada en años y capaz de superar sus problemas de alcoholismo, acaban de otorgarle  a Borgen el certificado de ‘feminist approval’. Obviamente el reverso tenebroso de Nyborg vendría a ser Claire ‘Lady MacBeth’ Underwood, la aspirante a primera dama de House of Cards que rivaliza con su marido en la perfección de la navajada trapera como mecanismo de ascenso político.


ELLAS LLEVAN PLACA

Puede resultar irónico que donde la mujer está recibiendo un tratamiento  televisivo ya no veraz o respetuoso sino directamente heroico sea en un género tan tradicionalmente dominado por el otro sexo como el policíaco. Ellas han dejado de atender la centralita de la comisaría o de recibir en casa al marido tras un intenso día combatiendo el ‘mal’ -con la cena fría y para intentare convencerles por enésima vez de que abandonen el cuerpo ya que no pueden dormir por las noches a la espera de una llamada fatídica- para (co)liderar investigaciones. A veces, eso sí, hay un cierto peaje a pagar para cederles el mando en la lucha contra el crimen. Si en el cosmos masculino del género negro el detective de homicidios suele tener debilidades como la incapacidad de ejercer una paternidad responsable o la afición a la botella, en el caso de ellas se prefiere que sean raritas. Por ejemplo, las versiones europea y estadounidense de The Killing y The Bridge pivotan alrededor de hembras asexuadas, con preocupantes síntomas sociópatas y un más que discutible gusto a la hora de vestir.

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Dos de las más excepcionales producciones noir de los últimos años, Top of the Lake (dirigida íntegra y suntuosamente por Jane Campion) y Fargo, han apostado por decisiones de guion que siguen una vía denunciativa tradicional: mostrar los obstáculos al desempeño profesional que encuentran ellas (ejemplos de honestidad quizá algo idealizados) en superiores hombre que muestran reticencia a la hora de creer en sus cualificaciones por el simple hecho de adscribirlas al sexo débil.


LA PARIDAD PERFECTA

Un ángulo de entrada inverso a la cuestión que abordamos puede ser valorar hasta qué punto las series presuntamente machistas también están contribuyendo de forma indirecta a aumentar la sensibilidad por el retrato femenino en la pequeña pantalla. ¿Modifican en algo el clima polémicas como las derivadas de la implacable y viral acusación lanzada por Emily Nussbaum, la crítica de televisión del semanario The New Yorker, contra la visión denigrante de la mujer en True Detective, o de cómo se agitan los foros internautas cuando un capítulo de Mad Men refleja un nuevo ejemplo del humillante patriarcado que se respiraba en las agencias publicitarias de los años 60,  o de la filtración de que una actriz de Juego de tronos se habría negado a protagonizar más desnudos para una HBO que obliga por sistema a enseñar carne en la mayoría de sus producciones (¿redime a esta última tener a Daenerys Targaryen y a Arya Stark como auténticas armas de destrucción masiva de los clichés femeninos?).

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Acabemos con una nota esperanzadora. Ha habido una serie que sí ha alcanzado una suerte de paridad entre los géneros, peculiar por decir algo, pero paridad a fin de cuentas. En The Big Bang Theory las parejas formadas por Howard-Bernadette y Sheldon-Amy conforman un equilibrio perfecto de personalidades disfuncionales y aficiones marcianas que suponen un referente para todos los guionistas en ejercicio y por llegar. El día en que el grueso de sus enfoques de género alcance la lucidez mostrada por Homer Simpson con las piscinas, tal y como se refleja en el diálogo que sigue con su hija Lisa, podremos hablar de una definitiva revolución televisiva.


Lisa: Papá, como ya sabes, hemos estado nadando. Ambos estamos de acuerdo en que ha acabado por gustarnos. Coincidimos en que conseguir nuestra propia piscina es el
único camino a seguir. Antes de que respondas, debes entender que tu negativa resultaría en meses y meses de, “papá, ¿podemos tener una piscina?” “papá, ¿podemos tener una piscina?” “papá, ¿podemos tener una piscina?”

Homer: Lo entiendo. Celebremos nuestro nuevo acuerdo añadiéndole chocolate a la leche.