HIPÓCRATES’ / “UNA ESPECIE DE MALDICIÓN”

“La medicina no es un trabajo, es una especie de maldición”. Es una condena de la que la vocación te impide librarte y que va generalmente acompañada de unas dosis de responsabilidad –muchas veces, de culpabilidad– casi intolerables. Así lo viven los dos personajes principales de Hipócrates, película ‘autobiográfica’ de Thomas Lilti, que se ha convertido en una de las mayores sorpresas del cine francés, con más de un millón de espectadores.

Inspirada en los años que pasó como médico residente en un hospital público, la nueva película de este cineasta que llegó al cine cuando ya estaba en la Medicina (y sigue ejerciendo) es una crónica de la situación de la Sanidad pública en su país  –“que debe ser muy similar a la de España con los problemas derivados de la crisis económica”– y, al mismo tiempo, retrato íntimo de las inseguridades, los miedos y los retos a los que se enfrentan los recién llegados a esta profesión.

Vincent Lacoste y Reda Kateb (Premio César al Mejor Actor Secundario) son los dos protagonistas de una historia que comienza con uno de ellos para ir, poco a poco, a medida que la cámara se va adentrando en la vida de ese hospital, hacia el conflicto que vive el otro. Benjamin es un niño pijo, hijo de un médico, que ha elegido trabajar como residente en el hospital en el que está su padre y en su misma planta, a sus órdenes, o mejor dicho, bajo su ala. Tiene todo por aprender. Abdel tiene doce años más, es argelino, un residente extranjero y ha llegado a Francia avalado por años de experiencia en su país. Se juega una vida mejor para él y su familia.

Los dos se mueven por pasillos y habitaciones de un edificio muy deteriorado, imagen opuesta a los centros ultramodernos a los que aspiramos, donde no hay suficientes recursos para tratar debidamente a los pacientes y donde, en palabras del director, existen y conviven “los tres pilares del mundo hospitalario: el nepotismo, el corporativismo y la ética”.

El sentimiento de colectivo, la solidaridad entre trabajadores, la responsabilidad máxima de estos profesionales –que tienen la vida de los demás en sus manos– y la realidad de la Sanidad Pública conviven en esta película con el mejor entretenimiento… y eso que Thomas Lilti, aunque parecía del todo imposible, ha conseguido crear una estética y un ritmo propios, más allá de Urgencias y House, pero igualmente apasionante.


HOSPITALES INFECTADOS DE ALTA FICCIÓN

Vito Corleone lucha por su vida en el hospital. Su hijo Michael va a verle y descubre que la policía le ha retirado la protección. Tiene que actuar deprisa, ¡van a matar a su padre!

La música de Nino Rota envolviendo la angustia de Michael mientras cambia la cama de habitación y, sobre todo, el momento –alta tensión–en la puerta, junto a Enzo, el yerno del pastelero Nazorine, los cuellos del abrigo subidos, esperando a que pasen los gangsters que van a liquidar a Vito Corleone, son instantes del mejor cine que se ha hecho jamás y que se hará. Es, por supuesto, la primera película de El Padrino (Francis Ford Coppola, 1972) y es una de las escenas más recordadas de la trilogía.


Un hospital, la vida de alguien en juego y la presencia de una constante amenaza son elementos que encajan perfectamente en la ficción, que ha sabido sacar mucho jugo de ellos, incluso cuando el peligro es un trío de ‘cineastas’ persiguiendo su sueño y dispuestos a lo que sea por conseguirlo. ¡Divertidísima! la persecución por los jardines del hospital en silla de ruedas de La última locura de Mel Brooks (1976), con un guapísimo Paul Newman con mono de piloto, perseguido por unos entusiastas Mel Brook, Marty Feldman y Dom DeLuise.

Una mesa de operaciones, en un hospital de campaña, en medio del campo de batalla –M.A.S.H. (Robert Altman, 1970)-, da, a pesar de las circunstancias, para muchas conversaciones frívolas que, justamente por estar rodeadas de esas trágicas ‘circunstancias’ mutan en humor, se convierte en comedia de alta calidad. Sonoras carcajadas habían provocado muchos años antes Laurel y Hardy, el Gordo y el Flaco, con su cortometraje Hospital provincial (James Parrott, 1932), una hilarante historia de esta genial pareja.

 

Y, lejos ya de cualquier atisbo de sonrisa, como la lógica de la situación indica, están otros grandes momentos de hospitales en el cine. Una profunda emoción hace difícil hasta tragar saliva en los momentos finales que comparten Frankie y Maggie (Hilary Swank y Clint Eastwood), en el hospital, en Million Dollar Baby (Clint Eastwood, 2004). Es una sensación perturbadora que provoca una inmensa tristeza, una pena que nace también en algunas escenas de Alguien voló sobre el nido del cuco (Milos Forman, 1975), donde Milos Forman y, sobre todo, un superdotado Jack Nicholson consiguieron que un violador astuto desencadenara oleadas de ternura y admiración.

Asombro es lo inmediato ante el prodigio de interpretación de Mathieu Amalric y el elevado nivel de sensibilidad de Julian Schnabel, pero, especialmente, ante el tesón y la voluntad del auténtico Jean-Dominique Bauby, protagonista real de la hermosa La escafandra y la mariposa (Schnabel, 2007). Desconsuelo es lo que se siente en Birdy (Alan Parker, 1984)  al contemplar la locura de ese chico en ese desangelado hospital militar, sobre la cama sintiéndose pájaro…

“MONTONES DE PIEDRAS Y EL CORAJE PARA LEVANTARLAS”

(TRES IMPRESCINDIBLES DEL CINE SOCIAL FRANCÉS)

Una porción destacable del cine francés se ha dedicado a tratar los temas sociales que más preocupan a la población. La Educación se lleva, sin duda, la palma. Pero no es el único asunto que ha pasado por las manos de grandes y comprometidos cineastas. Sin embargo, es sobre ello sobre lo que reflexiona uno de los títulos imprescindibles en el universo del cine social, ligado a un nombre indispensable de éste: Hoy empieza todo, de Bertrand Tavernier (1999).

“Están en la tierra, montones de piedras apiladas una a una con las manos del padre, del abuelo. Toda su paciencia resistió a la lluvia, al horizonte. Haciendo pequeños montoncitos para retener la luz de la luna, para estar erguidos, para inventar montañas y jugar con el trineo y creer que tocamos las estrellas. Se lo contaremos a nuestros hijos, les diremos que fue duro, pero que nuestros padres fueron unos señores y heredamos eso de ellos: montones de piedras y el coraje para levantarlas”.

Apasionado del mejor cine de EE.UU., este creador consigue dotar la denuncia y el debate de las mejores cualidades del séptimo arte. A él le debemos películas que destapan los errores de los sistemas policiales, judiciales, militares… que muestran los estragos de la droga entre los jóvenes, la violencia…  Las consecuencias del capitalismo, los vicios de la política… Todo ello moldeado para concluir grandes películas.

Robert Guédiguian es otro de los nombres clave de ese compromiso en el cine. El paro, las condiciones laborales precarias, la situación de los inmigrantes, la marginalidad, la lucha de clases… se convierten en manos del cineasta marsellés es pequeñas obras de arte. Desde su imborrable Marius y Jeanette (1997), pasando por la amarga crónica que era La ciudad está tranquila (2000), hasta su elegante y política Presidente Mitterrand (El paseante del Champ de Mars) (2005) su cine está plagado de responsabilidad y de sentido solidario.

Y de nuevo aparece la preocupación por la Educación y con ella otro destacado cineasta, Jaurent Cantet y su película La clase (2008). Ya avisaba este director en su ópera prima, Recursos humanos (1999), de cuáles serían los motores de su cine. Y tras el abuso sobre los trabajadores, se metió en aquel instituto de un  barrio marginal para seguir los pasos de un joven profesor, del que salió para buscar en los males de un sistema capitalista fundamentalmente machista (Foxfire, 2012) o, ahora, en las revoluciones agotadas (Regreso a Ítaca, 2014). Ideología, solidarias y sentimiento de colectivo, siempre en su cine.

La mayoría de nombres del cine francés que ponen el pie en lo social sigue los pasos de estos tres imprescindibles, cineastas responsables que nunca han perdido de vista la deslumbrante humanidad de Jean Renoir. Fabuloso Jean Renoir.