LOS DRAGONES Y LAS ESPADAS NO TE HACEN FEMINISTA

1.-

En un artículo de prensa publicado recientemente parte del elenco femenino de Juego de Tronos debatía el papel de la mujer en la serie y la unanimidad reinaba a la hora de concluir que la representación de la misma era muy positiva, por cuanto la fortaleza y el carácter suponían la tónica dominante. Emily Clarke (Daenerys Targayren) consideraba que lideraba la revolución de la presencia de la mujer, loando la variedad de tipos, Sophie Turner (Sansa Stark) la tildaba directamente de feminista y Maisie Williams (Ayra Stark) ponía el acento en las grandes actrices que convocaba con el fin de ahuyentar el fantasma del sexismo. Me consta que ponerse a hablar de feminismo -especialmente si se es hombre- es como embadurnarse el cuerpo desnudo de miel y saltar a la jaula de los osos (u osas), pero vamos a intentar hacerlo de forma sucinta y desde los estrechos márgenes de la ficción televisiva.

En la arena pública, “feminista” es un calificativo de una flexibilidad y maleabilidad asombrosas. Strictu sensu, recordemos, significa la plasmación de esa ideología que defiende la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. (Puede resultar útil y  matizadora la respuesta que dio la periodista y escritora inglesa Caitlin Moran, cuyas novelas Cómo ser una mujer y Cómo ser una chica la han transformado en una abanderada del neofeminismo literario, al uso peyorativo del término entre las propias mujeres: “Feminismo es la única palabra que tenemos que significa ´mujeres iguales a los hombres´. Si quieres que no te llamen feminista, entonces, vale: no tengas educación, no tengas un trabajo, o déjalo cuando te cases, admite que si te violan no se considerará un crimen, y devuelve tu derecho al voto”).

¿Puede la encarnación catódica del universo de George R.R. Martin arrogarse tan loable propósito? NO. Que el perfil más extendido de personaje femenino sea aguerrido, luchador o, cuanto menos, de espíritu decidido y en absoluto sumiso refleja la sensibilidad del equipo de guionistas a la hora de equiparar la fortaleza de ellas con la de ellos y no incurrir en un sistema patriarcal. Esto de por sí ya tiene su mérito, dado que los oscuros y sanguinarios tiempos medievales en los que acontece la superproducción han estado tradicionalmente definidos por arquetipos sexistas, donde la mujer era sobre todo princesa, doncella o ramera.

Pero las líneas argumentales de la serie tienen como objetivo las disputas bélicas entre siete reinos y no las disputas de género por un horizonte de paridad. Lo que hay en juego es un trono de hierro, no el sufragio femenino ni la igualdad salarial. Sí, sí, Daenis Targayren -personaje liberado sexualmente y que es capaz de neutralizar a una patulea de rijosos bárbaros, debe reconocerse- podría resultar victoriosa, pero si es capaz de movilizar a las masas es gracias a su condición de Madre de Dragones y no a llevar en su programa un sistema de cuotas en el reparto de los asientos de su futuro consejo asesor. Como hemos visto, precisamente la actriz Emily Clarke mide el grado de feminismo por la diversidad de los personajes interpretados por mujeres, mientras que Maisie Williams hace lo propio en la profesionalidad de sus compañeras de reparto. Se produce así una confusión entre el casting y la orientación del producto, entre su razón dramático-narrativa y las piezas que la componen. Sin embargo, resulta aún más frecuente dictaminar que mostrar personajes femeninos “duros” -lo que muchas veces implica pura fuerza bruta, como si la agresividad y la violencia, los recursos propios del macho descerebrado, resultaran encomiables y dignos de ser emulados- basta para convertir de forma automática una serie en feminista. Bajo este prisma, Buffy, la Cazavampiros o Jessica Jones deberían ser el no va más.

No hay que olvidar tampoco que la generosidad con que el cuerpo de la mujer ha sido mostrado de forma gratuita corrige en cierta medida los argumentos a favor del respeto con que se ha tratado la figura femenina -no voy a ponerme mojigato y pretender que me escandalizó, sólo resaltar que tal decisión estaba obviamente orientada a cumplir con las fantasías lúbricas del televidente varón, como también es necesario puntualizar que las protestas llevaron a un frecuente muestreo también de genitales y posaderas masculinos a medida que avanzaban las temporadas, gesto que nos invita a sospechar que quizá en la exposición cutánea yace la auténtica igualdad de género de Juego de Tronos.

2.-

Hace escasas semanas se viralizaba una entrevista con Robin Wright en la que la actriz de House of Cards compartía el ultimátum que dio a los responsables de la serie para que equipararan su salario al de su partenaire masculino, Kevin Spacey, si no querían que la abandonara. Bajo la justicia evidente de la reivindicación, dado que el nivel de protagonismo de ambos está a la par (y, por tanto, a igual trabajo, igual remuneración), discurría una suerte justicia de coherencia interna ya que en la serie late una mutación oscura del feminismo: la maldad, entendida como astucia y falta de piedad para destruir al prójimo de cara a conseguir los propios fines, consistentes en saciar una autodestructiva sed de poder, está repartida al 50% entre el presidente y la primera dama (una Cersei Lannister del siglo XXI). Ahora bien, sólo la decisión de que el cheque al final de mes de Wright lleve los mismos ceros que el de Spacey ha convertido de verdad en feminista a House of Cards (otra forma de decir que una serie de televisión sólo puedes ser ontológicamente feminista si antes de rodar su piloto ya ha asignado nóminas justas).

 

P.S. La decisión de los productores de Castle de cancelar la serie tras las peticiones de los seguidores que no veían su continuidad sin la presencia de su coprotagonista femenina, Stana Katic, es otro curioso ejemplo de gesto feminista a posteriori (la idea original fue rodar una novena temporada sin el personaje de Beckett).

 3.-

Un poco de provocación para acabar. Me gusta considerar “moralmente feministas” aquellas producciones televisivas que en vez de ensalzar la figura de la mujer o situarla a la altura de la del hombre, optan por denigrar o ridiculizar la figura masculina por contraste. Ejemplo de lo primero: en el epicentro de la polémica por su presunta no introducción de personajes femeninos relevantes y por cosificar el cuerpo de la mujer, la primera temporada de True Detective me pareció un retrato tan despiadado y triste del arquetipo del macho que parecía escrita por una horda de amazonas. Ejemplo de lo segundo: las novias de los protagonistas de The Big Bang Theory tendrán sus excentricidades y limitaciones, pero les suponen un recordatorio constante de que la vida está en los afectos y en la Tierra.