LOS MATARÍAS, PERO CUÁNTO LOS ADORAS: SHELDON Y SHERLOCK

Comparten mucho más que las tres primeras letras de su nombre de pila. Geniales y sociópatas, asombrosos e insufribles, los personajes de Sheldon Cooper, interpretado por Jim Parsons, de The Big Bang Theory, y de Sherlock Holmes en su última encarnación televisiva para la BBC, bajo los rasgos de Benedict Cumberbatch, podrían haber salido de la misma probeta con ADN marciano. Aquí 4 puntos que lo demuestran.


 

  1. Si no los viéramos ingerir alimentos y emitir fluidos (sangre, mucosidad, etc.), dudaríamos de su humanidad. La posesión de un cerebro ultra privilegiado y la carencia de emociones básicas, unidas a su atrofia de los más elementales mecanismos de interacción social, los posiciona más cerca del robot que del ser vivo. En ambos confluyen rasgos de sociopatía o trastorno de personalidad antisocial, lo que los inhabilita para el trato normal con la gente a su alrededor.

Esto se combina con la egolatría (no dejan de levantar templos metafóricos a su genialidad) y el egotismo (afán irrefrenable de colocarse en el centro de su discurso) pero, sobre todo, en el egocentrismo (ellos y, por consiguiente, sus dictámenes y opiniones, pasan por encima de los del resto de mortales, quienes a la mínima señal de debilidad, error o confusión reciben severas muestras de desprecio). Cuando el personaje de Penny (Kaley Cuoco) bromea con Sheldon preguntándole si el grupito de amigos vendría a ser su Patrulla X particular, el interpelado no puede limitarse a seguir el juego -poseer un sentido del humor radicalmente diferente y blindado es uno de sus signos de identidad- sino que debe remarcar una vez más su condición de Rey Sol, de aquí su respuesta: “No. A la Patrulla X la bautizaron así por Charles Xavier. Puesto que yo soy Sheldon Cooper, vosotros seríais la Patrulla C”.

Holmes opta con mayor frecuencia por el dardo despreciativo, en lo que supone una forma más indirecta de encumbrarse a uno mismo. A Anderson, forense de Scotland Yard, le dice: “No hables en voz alta. Rebajas el cociente intelectual de toda la calle”.

Que a ambos personajes no les cabe la menor duda que su CI es una cumbre inalcanzable para el resto de los mortales queda asimismo sintetizado en las dos “catch words” a las que recurren cuando alguien amenaza en poner en entredicho tal obviedad.

El grito de “¡Bazinga! de Sheldon es una forma de subrayar que acaba de lanzar un comentario demoledor por si el intelecto de su audiencia no alcanza para tales sutilezas -viniendo de él, alguien incapaz de pillar el sarcasmo y la ironía-, mientras que el “Elemental” de Sherlock supone la vía más corta para expresar que soltar simplezas es un insulto a su inteligencia. 


  1. Sheldon y Sherlock son, por tanto, monstruos narcisistas al haber visto cómo sus prodigiosas facultades mentales se desdoblaban de su misión original -hacer el bien o producir hallazgos científicos- hacia un proceso de distorsión de la realidad (algo que paradójicamente les permite también llegar a soluciones brillantes a las que deben su celebridad), apresándolos en un síndrome napoleónico que los expulsa del mundo de las relaciones interpersonales. Cabe resaltar el atractivo que la disfunción social con el efecto secundario de la competencia profesional tiene en el actual panorama televisivo, ilustrado, entre otros, por el personaje de la inspectora de policía de The Bridge (tanto en su encarnación nórdica como americana), aunque su caso quizás se halle más cerca del síndrome de Asperger. Si antes era el Niño (Hans Christian Andersen), el Loco (Shakespeare) o el Idiota (Richard Yates) quien se encargaba de revelar la verdad profunda, ahora es el genio sociópata.

 

  1. Por misántropo que sea el héroe siempre necesita de un socio, aliado o lo más cercano a un amigo que pueda alcanzar. Por dos motivos principales: uno, que disponga de un interlocutor frente al que desplegar tanto sus dones mentales como sus manías, neurosis y otras patologías (función exhibicionista), y dos, que el compinche, en su normalidad, sirva de reflejo del espectador: unos y otros son cómplices en el suplicio que supone aguantar las veleidades del genio (función empática). El humor nace obviamente de contrastar la interpretación convencional de la realidad (Sancho Panza y nosotros) con la delirante del protagonista (Quijote y sólo el Quijote).

Este papel recae en Leonard (Johnny Galecki) en The Big Bang Theory y en Watson (Martin Freeman, quien en la piel de Tim Canterbury ya tuvo que pasar por la condición de víctima de un listillo en The Office, si bien en la clave zopenca representada por Gareth Keenan, interpretado por Mackenzie Crook) en Sherlock. Uno y otro comparten piso con el héroe, demasiado excéntrico o infantil para encontrar alternativa, lo que sumado a su general asexualidad (no tan acentuada en el Sherlock 2.0, que llega a caer prendado de una mantis religiosa) invita a toda suerte de bromas gays (aunque en el caso de la serie de humor este filón se explota mucho más a través del binomio Wolowitz-Koothrappali).

La exasperación o necesidad de estrangular al engreído roommate queda por sistema aplazada ante sus ocasionales muestras de ternura marciana o arrepentimiento no del todo sincero y la constante admiración neuronal. Al mismo tiempo, para Sheldon y Sherlock, víctimas del ostracismo (explícito o dado por hecho) durante la infancia, Leonard y Watson suponen el milagroso salto del amigo imaginario al de carne y hueso. Sin esas tablas de salvación, serían islas abocadas a verse tragadas por sus personalidades enfermizamente excluyentes.


  1. Otras similitudes entre los dos personajes son menos significativas o profundas, más transparentes: Su arma es el cerebro, en especial las operaciones de cálculo que implican el recurso a la lógica, la deducción, la inducción… aplicables en uno a la resolución de enigmas científicos y en el otro, a crímenes, pero unidas por la creencia en que todo, incluyendo por supuesto los seres humanos, resulta tan descifrable como una ecuación (Sheldon intenta entender a las personas igual que se enfrenta a un teorema y Sherlock enfoca los casos como si se trataran de complejas proposiciones matemáticas).

 

  • Reservan el salón de casa como lugar de concentración que los conducirá a exclamar ¡eureka! y la pizarra como lugar de proyección de sus ideas e hipótesis.

  • Cuentan con una némesis definida por ser el único individuo que desafía su supremacía intelectual, a la que sus creadores le han otorgado una rugosidad fonética que connota maldad (Moriarty y Kripke).
  • Tienen aficiones distintivas (Holmes la esgrima y el piano, Cooper toda la gama friki que comparte con su banda Star Wars, Star Trek, el Señor de los Anillos…-, si bien reservándose para sí el amor a los trenes, las banderas y los productos farmacéuticos, entre una larga ristra).
  • Para acabar entramos en una zona puramente azarosa. Hay algo inquietantemente parecido en los actores que interpretan a ambos personajes. Además de coincidir en los rostros largos, los ojos claros y la frente despejada, tanto Jason Parsons como Benedict Cumberbatch poseen una expresión de frialdad en la mirada que les confiere un aire ligeramente marciano. Seguramente los agentes de casting lo detectaron de inmediato y convinieron que estaban sobradamente facultados para interpretar a criaturas que no son del todo de este planeta.