‘MAKING A MURDERER’

Que un estado de Derecho no es garantía de justicia ha sido la base de incontables ficciones literarias, cinematográficas y televisivas.

Erle Stanley Gardner, John Grisham, Sidney Lumet o el tándem Steven Bochco-Terry Louise Fischer, entre un mar de nombres, han explotado el filón del falso culpable o del culpable exonerado. El ser humano juega a ser Dios pesando el alma de sus congéneres y con frecuencia termina siendo un demonio que baja a los infiernos o eleva a un cielo inmerecido al individuo equivocado. La novelista Sue Grafton lo resumió con contundencia declarando que su ciclo dedicado a la detective Kinsey Milhone se sostiene en buena parte sobre “el hecho de que, en última instancia, el sistema legal no tiene nada que ver con la justicia”. Su colega Michael Connelly creó al abogado Mikey Haller -que tiene como oficina un viejo Lincoln y se sabe hasta la última triquiñuela de su oficio- para dejar en evidencia “el modo en que el sistema legal es como una gigantesca trituradora: hay quienes saben engrasarla, ponerla en marcha y hacer que opere en su beneficio… y hay quienes no”.

Pero evidentemente una cosa es que ocurra en la ficción y otra muy distinta en la vida real.

La pregunta endiablada es: ¿puede el periodismo de investigación intentar reflejar las irregularidades o carencias de la justicia sin incurrir en una toma de partido que, al respaldar o sugerir en última instancia algo indemostrable tanto dentro como fuera de los tribunales, dé como resultado una versión que se acerque peligrosamente a una ficción?

O expresado de otro modo, ¿puede un registro periodístico de un proceso judicial contar con unos mínimos de objetividad y/o aislarse de la pretensión de realizar avances o de llegar a conclusiones que han estado vetadas a todos los componentes del mismo?

Cuestiones tan espinosas y moralmente difusas son las que propulsa a mansalva el adictivo visionado de Making a Murderer (Netflix), la serie de diez capítulos que, rodados a lo largo de una década, siguieron la tormentosa y perturbadora relación del ciudadano estadounidense Steven Avery con la policía y la justicia.


El día en que Hollywood ruede su biopic necesitará introducir varios cambios y aclarara eso de “basada en hechos reales” porque, si se limita a reflejar lo documentado, la suspensión de la credibilidad del espectador se fundirá a medio metraje.


Avery, trabajador en un desguace propiedad de su familia (muy cercana a lo que podríamos calificar de ‘white trash’), fue arrestado en julio de 1985 por miembros de la oficina del sheriff de Manitowoc Country como sospechoso de la brutal agresión sufrida por una mujer, Penny Beerntsen, mientras hacía footing por una zona boscosa de Wisconsin. A resultas de la doble identificación realizada por la víctima, Avery fue sentenciado a pasar 32 años en prisión. Cuando la tecnología forense evolucionó lo suficiente, unas pruebas de ADN demostraran su inocencia y fue puesto en libertad 18 años después.

Tras su salida de prisión se reveló que la oficina del sheriff había desoído primero la advertencia de la policía de que todo apuntaba hacia otro culpable -escasos días después del ataque- y luego la propia confesión de éste -transcurridos diez años-. 

Avery presentó una demanda por daños y perjuicios contra la oficina por valor de 36 millones de dólares, una cantidad que habría vaciado por completo sus arcas. Pero si hasta aquí hemos asistido a una historia de falso culpable especialmente onerosa pero quizás más digna de un telefilme que de un documental, ahora llega el macabro giro que ahorró a los malos de Manitow County ir a concurso de acreedores.

(Y esta es su ocasión de dejar de leer, aunque el vuelco se produce en el tercer capítulo y, una vez expuesto aquí, no entraremos en detalle en los volantazos y conejos de la chistera que van asomando durante la investigación llevada a cabo por la fiscalía, el equipo de la defensa y los responsables del documental).

En 2005, apenas dos años después de recuperar la libertad y haber rehecho sentimentalmente su vida, y a la espera del juicio en el que se dirimirá su derecho o no a una multimillonaria reparación, Avery es arrestado de nuevo como sospechoso del asesinato de una fotógrafa de 25 años llamada Teresa Halbach. Y las dos preguntas obvias que de inmediato zarandean al espectador hasta dejarlo noqueado son: 1. ¿Cómo un hombre que ha estado casi dos décadas entre rejas, rodeado de unos padres bondadosos y que ha formado una familia, y que se encuentra seguramente a las puertas de cubrirse de oro, haría algo tan salvaje como estúpido?  2. ¿Y si resulta que no es un salvaje estúpido y las presuntas fuerzas de la ley, agobiadas ante la fortuna que las desplumará, se la han vuelto a jugar, lo que lo convierte en un falso culpable REINCIDENTE (lo que nos lleva de nuevo a 2a. ¿puede la realidad crear algo así para que la ficción basada en ella tenga que rebajarlo de cara a hacerlo creíble?).



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A los cuatro meses de la detención de Avery le sigue la de su sobrino, Brendan Dassey (un joven con las facultades mentales algo limitadas y aficionado a la literatura hardcore), tras confesar que ayudó a su tío a violarla, matarla y quemar su cuerpo. Y aquí nos detendremos. Desde este punto, la serie coge velocidad de crucero y entra la crudeza, paranoia, circo mediático e incluso el sentimentalismo de dudoso gusto. Por encima de todo, las preguntas 1 y 2 establecen una lucha de titanes representadas en los equipo de la defensa y la fiscalía, respectivamente, y la ya de por sí dañada imagen del cuerpo de policía estadounidense como un abusón de tomo y lomo cobra nuevos argumentos al mostrarnos técnicas de interrogación maquiavélicas.

Pero, volviendo al principio, como resulta que no ha sido Hollywood, sino las documentalistas Laura Riccardi y Moira Demon quienes han lanzado sus redes sobre el caso, mostrándose en el camino incapaces de no filtrar, de forma más sutil que flagrante, su simpatía por Avery y, por tanto, su búsqueda más o menos encubierta de una absolución (por mucho que lo hayan negado a diestro y siniestro forman parte de ese jurado público que su creación ha contribuido a engordar como no lo ha conseguido la prensa escrita), Making a Murderer también contiene su propio caso digno de estudio: los citados límites del género en su aspiración a no constituir un elemento de enjuiciamiento más o, dicho de otra forma, si está capacitado para una exposición neutra cuando se lidia con asuntos tan sensibles como un asesinato.

Para acabar, un efecto terciario interesante de documentales como Making a Murderer o The Jink (El gafe), que ya comentamos en CLAPP, es su contribución a modificar cómo leemos novela negra, recordándonos cuán sucia es la injusticia y la muerte violenta fuera de la ficción.