‘NAOMI KAWASE’

Hacia-la-luz

LA CELEBRACIÓN DE LA VIDA

“El cine tiene el poder de dar sentido a la realidad”, dijo Naomi Kawase hace un par de años en Cannes, donde presentó una de sus películas más celebradas, Aguas tranquilas. En aquella estaban, refinadísimas, las mejores cualidades de la filmografía de esta cineasta única: una sensibilidad extraordinaria, cierta pureza en la mirada, un lirismo de alta calidad artística, la naturaleza hermosa y viva y, al mismo tiempo, un relato potente, unos personajes absolutamente terrenales, el amor, la muerte y la vida. Ahora, Kawase estrena Hacia la luz, una reflexión que ha nacido de su fascinación por el cine y por la luz.

LA MUERTE PARA HABLAR DE LA VIDA

La biografía de Naomi Kawase está intimísimamente relacionada con su cine. Los episodios más importantes de su vida, algunos esenciales, han sido motor de muchas de sus obras, incluso de sus películas documentales y de algunos de sus filmes más experimentales. Su ópera prima, Ni tsutsumarete –que se distribuyó internacionalmente con el título Embracing-, era un cortometraje documental en el que daba ya muchas pistas.

Aquel era un trabajo en el que la cineasta hablaba sobre la búsqueda de su padre, que la abandonó de niña. Este hecho y, mucho más importante en su filmografía, el de que fuera su abuela quien la acogió y la crio (reflejado en Katatsumori, de 1994) son sustanciales en su arte. Un arte que habla de la muerte para hablar de la vida.

UNA PROTEGIDA DE FRANCIA

Ten, mitake (1995) y Hi wa katabuki (1996), también dentro del género documental, seguían la misma línea que sus dos primeras producciones. Fue justo después de éstas, cuando Kawase anunció que sus posibilidades creativas irían muchísimo más allá. Ese año, la cineasta se convirtió en la ganadora de la Cámara de Oro del Festival de Cannes más joven de la historia del certamen. Conquistó el premio con Moe no suzaku, historia de una tragedia familiar ambientada en un pequeño pueblo. Francia apoyó desde entonces a Kawase, que ha ido conociéndose posteriormente y poco a poco en el resto del mundo.

Diez años después ganó el Gran Premio del Jurado con El bosque del lutoque fue la primera de sus películas estrenada en España, aunque su obra ya había recorrido –y dejado huella- en muchos festivales. Por ellos habían pasado Somaudo monogatari (1997), documental donde mostraba la vida de seis ancianos de una zona rural en las montañas de Toshino, o Mangekyo (1999), un peculiar experimento en el que aparecía la propia Kawase en su papel de directora de cine, con el fotógrafo Arimoto Shinya, y dos jóvenes modelos Mika y Machiko. La directora preguntaba a las chicas, las provocaba para que hablasen de la explotación a las que las sometían en su trabajo.

LA FORMA DE LOS RECUERDOS

Aquellos dos títulos se apartaban un poco del cine más evidentemente marcado por su biografía. “Yo filmo porque hay cosas que no puedo olvidar. Podría guardarlas en mi memoria. Pero necesito darle una forma a mis recuerdos”, dijo en cierta ocasión y dejó así explicada la verdadera esencia de sus películas. Recuerdos, memoria… que ella reinterpreta una y otra vez en sus obras.

En Hotaru (2000) la ausencia de la madre reaparecía con los personajes de Ayako y Diji, una bailarina de striptease con un pasado trágico y un alfarero solitario que se enamoran. En Sharasôju (2003) Kawase insistía en las relaciones familiares, esta vez desde la óptica del dolor por la pérdida.

El bosque del luto (Mogari no mori, 2007) subrayaba la presencia de la naturaleza–casi necesaria en la vida de esta directora- en el desarrollo emocional de sus personajes y la búsqueda de la belleza y la pureza. La manera en que sus personajes se adentraban en ese bosque perdido era, en cierto modo, una forma de aventurarse en el universo de esta cineasta, quien, una vez más, reunía dos personajes entristecidos por la pérdida.

El bosque del luto

TODO ES FÍSICO Y TODO ES POÉTICO

El aire te empuja con fuerza cuando sopla airado, el agua del mar da sosiego y libertad, el sol calienta la cara, las ramas del hermoso árbol dejan pasar la luz… todo es físico y todo es también poético en esta película de Naomi Kawase, donde las tradiciones ancestrales se mezclan con una narración de thriller y con las obsesiones emocionales más recurrentes en la filmografía de su directora.

Rodada en la isla de Amami, la película volvía a la ausencia de la madre, a la pérdida, pero se revolvía en medio de una impresionante naturaleza para concluir en una hermosísima historia de amistad y de amor. Kawase descubrió solo unos años antes de hacer esta película que su madre había nacido y crecido en esta isla.

Los padres de la directora se divorciaron cuando ella era muy pequeña y no creció con  ninguno de ellos. Su madre se casó cuatro veces y tuvo hijos con maridos diferentes. Son apuntes biográficos que sirvieron a Kawase para entender –o para crear- a alguno de los personajes de esta película, donde el equipo rodó un auténtico tifón, y en la que la vida moderna y tradición convivían como dos posibilidades reales que existen.

‘UNA PASTELERÍA EN TOKIO’

Naomi Kawase volvió a Cannes para estrenar su nueva película, Una pastelería en Tokio (el título original es An), que ahora ha presentado también en la Seminci de Valladolid. Con este trabajo –el filme de narrativa más convencional de su carrera- la cineasta corrobora su extraordinaria facilidad para mostrar una sensibilidad especialísima. Las relaciones en las que se empeña desde siempre esta directora reaparecen con esta historia de tres personajes solitarios que se encuentran en la vida. Una chica y una anciana que podría ser su abuela, y un hombre con esa mujer, que podría ser su madre, son los ejes sobre los que gira este drama, donde la naturaleza aparece simbolizada en un magnífico cerezo y en un pequeño bosque.

Una pequeña pastelería que vende dorayakis –pastel típico japonés relleno de crema de judías- es el centro vital de estos tres personajes. Con la veterana actriz Kirin Kiki a la cabeza del reparto -Nagase Masatoshi y Uchida Kyara la acompañan-, la película es, además, una denuncia de la ignorancia y también de la despiadada discriminación a la que se somete a algunas personas marcadas por ciertas enfermedades. A pesar de ello, Una pastelería en Tokio es una película de la libertad con la que la cineasta vuelve una vez más a celebrar por todo lo alto la humanidad.

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‘HACIA LA LUZ’