‘LES REVENANTS’ / HAY PEORES RESURRECIONES QUE LAS DEL ZOMBI

“Pues el Señor mismo descenderá del cielo con voz de mando, con voz de arcángel y con la trompeta de Dios, y los muertos en Cristo se levantarán primero” (Tesalonicenses 4:16)

En un pueblo francés sepultado en el fondo de un valle tiene lugar un fenómeno paranormal que aún resta por ver si es o no una señal del advenimiento del Apocalipsis. Un conjunto de individuos sin más relación aparente entre ellos que haber habitado aquellos parajes deciden (¿o se ven forzados a?) abandonar el Más Allá -a estas alturas tampoco sabemos si moraron una temporada en el infierno ‘à la Rimbaud’ o si cruzaron unas palabras con San Pedro- y volver a la vida y a la geografía que conocían. Murieron de causa violenta por los más variados métodos (accidente, suicidio, asesinato) y escapa a su entendimiento (y al nuestro) por qué fueron ellos los elegidos o si una misión trascendental explica su regreso. Una vez comprobado que no forman parte de un sueño ni pertenecen a la categoría de los fantasmas, la consternación entre los familiares y conocidos es obviamente inmediata. Y aquí surge la primera sugerencia estimulante de esta serie de factura impecable atravesada por hondos interrogantes producida por Canal +, que cuenta con un remake estadounidense no visto por este periodista. A saber: resurgir del polvo, por mucho que hayas sido invocado por vías legítimas -los rezos de tus afligidos supervivientes- o ilegítimas -bajo los efectos de la brujería- supone siempre una mala idea y hacerlo como si te hubieras conservado en formol ya alcanza la categoría de pésima.

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Y es que sin darle muchas vueltas a la cabeza, uno pensaría que la peor forma de resurrección sería la del zombie. Los motivos son de sobras conocidos: una aspecto francamente asqueroso, la necesidad de matar al prójimo e ir devorando su cadáver, ese arrastrar de pies que gasta mucha suela, tener a un actor chuleta encarnando a un cazador que no para de buscarte las cosquillas…

Uno de los grandes méritos de Les Revenants es destruir esa apreciación dejando patente que volver de entre los muertos tal cual te fuiste -física y mentalmente- supone un calvario mucho mayor, pues los interrogantes que abres resultan tan espeluznantes como inefables. Los vivos saben que el zombi, por mucho que conserve algún rasgo del ser querido, es el enemigo. ¿Pero qué ocurre cuando el regresado no tiene la piel macilenta, ni la ropa hecha jirones, ni por la boca le salen ronquidos guturales o babas sanguinolentas?

Les Revenants plantea una intrigante dicotomía que queda reflejada en la reacción de los habitantes de la localidad ante la chocante aparición de los seres de ultratumba, celebratoria para unos, terrorífica para otros. ¿Están delante de unos ángeles o unos demonios? ¿Asisten a un prodigio del Altísimo o a una señal de la cercanía del Juicio Final? De forma inteligente, el drama y las dudas se trasladan también a los recién llegados, igual de huérfanos y ahítos de respuestas, deseosos de retomar sus vidas donde las dejaron pero incapaces de sacudirse la consideración de freaks y de inspirar el terror que siempre va asociado al diferente (en este caso con la peliaguda vuelta de tuerca de que no dejan de recordar a los normales que un día fueron, siendo pues como deformaciones oníricas: son y no son aquellos que un día pisaron la Tierra).

Por descontado, la perplejidad y carencia de explicaciones en la que también permanece instalado el espectador es el quid de su primera temporada, que no traspasa en ningún momento el terreno de la ambigüedad, lo que allana el camino para el mantenimiento del suspense y el encadenamiento de sorpresas, una prerrogativa insostenible de cara a la siguiente temporada, donde se impondrá el servir respuestas y cerrar interrogantes. Este será el momento de la verdad, donde la producción se la juegue, mostrando si se queda en un artificio con el que descoyuntar la mandíbula unas horas o si había un plan rector inteligente a largo plazo. Pero que por ahora no nos quiten el placer de una premisa subyugante y una reflexión sobre la muerte llena de aristas, donde se dan la mano Stephen King, Tarkovski, John Carpenter, David Cronenberg y William Blake, entre un amplísimo etcétera.

De la calidad de sus guiones da fe -y nunca mejor dicho- la contribución a los mismos del soberbio novelista Emmanuel Carrère –El adversario, Limónov, De vidas ajenas, El Reino cuyo pasado confeso como furibundo creyente católico seguramente está en el centro de los (ligeros) apuntes religiosos, en esa inevitable interpretación de los hechos como un milagro, o prueba de que existe otra vida, por una parte de la comunidad. Una sucesión de  sutiles episodios perturbadores y estomagantes apuntan, sin embargo, en otra dirección. La deriva terrorífica que va tomando progresivamente la serie y un fabuloso préstamo de la idea de un círculo infernal corroboran que las afinidades de los creadores, empezando por Fabrice Gobert, están antes con el Viejo Testamento que con el Nuevo.

Dos recursos que se emplean con una dosificación ejemplar, filosofía del menos es más que ayuda a que la serie crezca por sustracción, son el flashback (siempre al modo de prólogo que va completando muy lentamente el rompecabezas) y una banda sonora despojadísima de Mogwai que, basada en unas notas mínimas, multiplica la angustia de la escena como un suave soplo en la nuca en una habitación vacía. Si es su fe la que se debilita en algún momento, pese a que hablamos únicamente de ocho capítulos, resista hasta la aparición de la imagen especular del pueblo sumergido, llamada posiblemente a comenzar de manera tímida a atender su plegaria “¿hacia dónde va todo esto?” -también conocida como -“Dios mío, que esto no acabe como Perdidos”-. Cuando llegue, reciten este pasaje del Apocalipsis 20:13 con los brazos al aire: “Y el mar entregó los muertos que estaban en él, y la Muerte y el Hades entregaron a los muertos que estaban en ellos; y fueron juzgados, cada uno según sus obras”.