POLÍTICA Y FICCIÓN TELEVISIVA

POR UNA VEZ LA REALIDAD APALIZA A LA FICCIÓN

Mayo es mes de elecciones -el 7 de mayo se enfrentan en la segunda vuelta Emmanuel Macron y Marine LePen, en unas elecciones cruciales para el futuro de Europa-. En la parrilla televisiva española sigue pendiente una serie que aborde la política local. El tema es tan soporífero, chanchullero, árido, inverosímil, gris… que ningún valiente se ha atrevido a abordarlo de frente. Probablemente nos saldría un esperpento. Sí que hubo un competente enfoque tangencial en la teleserie Crematorio, adaptación de Jorge Sánchez-Cabezudo de la novela homónima de Rafael Chirbes, donde se mostraba el sometimiento del poder a los tiburones inmobiliarios, su eterno idilio a bordo de un barco del amor bautizado “Comisiones”. Si no queremos sonar cavernícolas remontándonos a Yo, Claudio o Sí, Primer Ministro, para variar hemos de concentrarnos en Estados Unidos, tierra de las oportunidades, sin duda, puesto que ha permitido a un actor y a un afroamericano llegar a la presidencia, al tiempo que a una becaria provocar un derrocamiento. Quizás giros tan fantasiosos como estos han contribuido a que sus series políticas, al contrario que otros géneros, hayan tenido la particularidad de no llevar a confusión: la realidad siempre es más turbia y alambicada.

yo-claudio

Me explico: tradicionalmente, a través de las comedias románticas, con sus procesos de enamoramiento-rechazo-reenganche, o las intrigas policíacas ambientadas en comisarías neoyorquinas o sostenidas en el celo de los agentes del FBI, los guionistas estadounidenses de cine y televisión establecían un conjunto de patrones para hablar de los misterios del corazón y la lucha contra la delincuencia que, a falta de miradas más prosaicas de otras latitudes, podían generar en espectadores tendentes a la ensoñación un fuerte desengaño cuando sus experiencias románticas o recurso a los agentes de la ley se saldaban con menos música de violines y rebajadas dosis de heroicidad.

Yes Minister

Por el contrario, incluso para esa mayoría de desencantados de la política que no quieren saber nada de ella más que para depositar puntualmente su voto (o ni siquiera eso) la ficción televisiva sobre el tema NO ha corrido el mismo riesgo de ser algo parecido al mito platónico de la caverna, donde los modelos estadounidenses supondrían las sombras que podían tomarse por la realidad. Por desinformado que uno estuviera, sabía que a lo que asistía en la pequeña pantalla, por mucho que se desarrollara en Washington D.C. o en un caucus en Iowa y mostrara unos elevadísimos niveles de manipulación, inquina y corrupción, siempre quedaba lejos del fango de la vida política del día a día, tanto allende los mares como en su propio terruño. Vaya por delante pues esta singularidad de las series catódicas ‘made in USA’ sobre el poder que solo chistosamente emana del pueblo: su incapacidad de hacer caer hasta al espectador más cándido en el engaño de que son un reflejo del verdadero caos que invade la ‘real politik’.


EL PRESIDENTE BUENO

La Casa Blanca, en tanto que contemporáneo trono de hierro, ha sido obviamente el epicentro de las producciones televisivas en torno a la política, la Enterprise que bien merece todas las cuchilladas y maquinaciones para tomar los mandos, y todavía más cuchilladas y maquinaciones para conservar el gobierno de la misma. “El poder desgasta sobre todo a quien no lo tiene”, declaró célebremente Giulio Andreotti, pero su peaje físico y, sobre todo, moral sobre los que lo amasan no es tampoco peccata minuta. Este último caso fue el punto de apoyo de El ala oeste de la Casa Blanca y ello por sostenerse sobre los hombros de un hombre bueno, digno y culto. (A un malvado el poder nunca podría destruirle el alma, sólo emponzoñarla gustosamente como la sangre fresca al serial killer). El presidente demócrata Josiah Bartlet, interpretado por Martin Sheen, y por extensión todos los miembros de su administración, simbolizaba la visión más idealizada posible del poder: un individuo trabajador, honesto, de principios, atento al bien común, la justicia y la rectitud. El sueño de todo votante, la reencarnación del espíritu de Thomas Jefferson, aquel a quien John Fitzgerald Kennedy hizo referencia en una cena de gala ofrecida a 49 Premios Nobel con las siguientes palabras: “Creo que esta es la colección más extraordinaria de talento y del saber humano que jamás se haya reunido en la Casa Blanca —con la posible excepción de cuando Thomas Jefferson cenaba solo”. Bartlet muchas veces no cenaba, acuciado por los problemas, incapaz de decidirse por dos decisiones igual de dolorosas y difíciles, sopesando cuál hería menos a Dios y a los hombres. Representaba pues el antónimo del concepto de hibris.

Quizás lo más maravilloso de la serie era cómo el guionista Aaron Sorkin vehiculaba la inteligencia de Bartlet y su equipo a través de la elocuencia y la retórica, la expresión a velocidad de vértigo de la agudeza mental. Antes que David Simon, creador de The Wire, acuñara su lema “que se joda el espectador medio”, Sorkin ya había hecho reconsiderar la ley que dicta que la comprensibilidad del espectador es innegociable, que un producto artístico/de entretenimiento fracasa indefectiblemente si el público se pierde durante su desarrollo. Con sus frenéticos diálogos, muchas veces desplegados durante un laberíntico recorrido por las entrañas del edificio, y su acumulación de asuntos que dificultaban a veces su plena comprensión, El ala oeste de la Casa Banca hacía que uno se sintiera halagado porque sus guionistas sobrevaloraran su inteligencia. A uno podía frustrarle que una conversación se le escapara, pero más tarde casi podía sentir sus neuronas sobreexcitándose cuando una nueva alusión le permitía atar cabos y aclararlo todo (“Poirot c´est moi”). Ahora bien, el secreto de la fidelidad del espectador radicaba en última instancia en el carisma de unos personajes con los que iba encariñándose a medida que el carácter se les definía y su humanidad puesta diariamente a prueba superaba un nuevo obstáculo.


EL PRESIDENTE MALO

Luego está el presidente Belcebú, por descontado, aquel a quien sentarse en el despacho Oval es como para el Golum pulir el anillo. Habíamos visto a alcaldes con el alma teñida de hollín, caso de Thomas Carcetti en The Wire o el aspirante Darren Richmond en The Killing, pero nada comparado con Frank Underwood en el remake estadounidense de House of Cards, cuyo guionista en la serie original inglesa no ejerció precisamente por casualidad de asesor de Margaret Thatcher. “Creo que alguien se va a dar cuenta de que ha pisado a la puta serpiente equivocada”. El comentario llega hacia el final de la segunda temporada, pero contiene el espíritu de la serie desde el primer episodio. Literalmente, ya que en el piloto vemos cómo el congresista Frank Underwood (Kevin Spacey) es humillado al negársele el ya interiorizado cargo de Secretario de Estado una vez los demócratas acaban de ganar las elecciones presidenciales. A Underwood se le pide un sacrificio por el bien del partido, el cual parece acatar con una nobleza ejemplar. Nada más lejos de la realidad: han pisado a la puta serpiente equivocada y las dos temporadas que se abren van a centrarse en su maquiavélico talento para ir esparciendo su veneno vengador con el mayor disimulo, y a la vez letalidad, que pueda con el objetivo de subir al trono.

Uno de los elementos más arriesgados que singularizan la serie es que sus creadores se han saltado la regla de oro de la empatía del espectador hacia el personaje (así como saltarse la cuarta pared por medio de las frecuentes miradas y comentarios que el protagonista nos va dedicando). Underwood y señora (Robin Wright) son un hermético agujero negro, a través de ellos no se filtra la luz ni por error, nos encontramos frente a malvados sin fisuras que han merecido repetidas comparaciones con los Macbeth, aunque en los monarcas escoceses aún había momentos de duda o sombras de mala conciencia. Dexter o Walter White podían no ser el mejor ejemplo para los niños pero despertaban cariño y comprensión ocasionales. Ellos sólo despiertan ganas de salir corriendo.

Para los amantes de los cuentos felices que extendimos una alfombra roja a El ala oeste de la Casa Blanca, House of Cards vendría a suponer su reverso oscuro, el sanguinario Caín que acude a liquidar a su estomagantemente bondadoso hermano Abel. Allá donde un Sorkin con el lirio en la mano regaba la administración demócrata con un emotivo espíritu de Camelot, proclamando el Yes We Can! antes del Yes We Can!, un Beau Willimon sin tiempo para la lírica entiende el 1600 de Pennsylvania Avenue como un nido de víboras donde el afilamiento de cuchillos se produce las 24 horas.

“El camino hacia el poder está cimentado sobre hipocresía y víctimas. Nunca te arrepientas” nos advierte Frank Underwood cuando el agua comienza a lamerle el cuello. ¿No acabamos de ahorrarnos un master en teoría política avanzada? ¡Underwood For President! debería clamar el telespectador. He aquí un político que no engaña a su audiencia.


UNA PRIMERA MINISTRA, NI BUENA NI MALA

¿Y qué hay de ellas allá en el más alto escalafón del poder? Dinamarca viene al rescate. En una feliz confluencia la serie Borgen anticipó con escaso margen de tiempo el aterrizaje de una mujer en el máximo cargo político del país, el de Primera Ministra. Birgitte Nyborg, líder del partido de los Moderados que cree firmemente en la democracia y vela por los desfavorecidos, tiene mucha más afinidad con Bartlet, si bien los mecanismos e inercias del sistema la obligan puntualmente a tomar decisiones controvertidas e injustas que a Underwood no le desplazarían un pelo de sitio. Una de las funciones más interesantes de esta producción, que introduce temas como la conciliación laboral o los límites de la privacidad de una figura pública es que, a la manera de lo que hizo la novela negra sueca de los 70 a través de Per Wahlöö y Mej Sjöwall o lo que viene haciendo el cine del también danés Thomas Vinterberg desde los años 90, cuestiona cualquier intento de idealizar la sociedad nórdica. En Copenhaguen, ya sea en el seno de los partidos, las formaciones de gobierno o el Parlamento, así como en un sector de la prensa, abundan las intrigas, las puñaladas por la espalda y las jugadas sucias. Algo huele a podrido en Dinamarca, como ya avanzó Hamlet. Con todo, la Primera Ministra Birgitte, madre de dos hijos, no acaba de perder nunca la ilusión ni las ganas a lo largo de las tres temporadas por mucho que se le haga la piel gruesa. Su homóloga en la vida real, Helle Thorning-Schmidt, ha asegurado que procura no ver la serie para no dejarse influenciar por el personaje, pero quizás a su pueblo le convendría que lo hiciera. Ya hay demasiados alumnos aventajados de Underwood sueltos por los despachos oficiales de este mundo.