‘P´TIT QUINQUIN’: BIENVENIDO ESPECTADOR INCAUTO

Un cadáver de una vaca abandonado en un búnker en ruinas, y de acceso teóricamente imposible, cuyo interior contiene restos humanos, presumiblemente introducidos por el recto. Putrefacción y espanto bajo un cielo límpido y con el eco de las olas de una playa cercana masajeando los oídos. Lo atroz y lo absurdo, lo bello y lo siniestro, se alían desde los primeros instantes de P´tit Quinquin, un cortocircuito al cableado del homo televisivus, kriptonita pura para sus conocimientos adquiridos, un rayo mortífero apuntando a su horizonte de expectativas.

Una canción popular de la región de la Picardia da nombre a una de esas series que, por una vez, sí que merece los calificativos de renovadora y original. Su tintineo se esparce por los títulos de crédito como una nana que refuerza el carácter infantil de los dibujos de trazo mínimo que los componen. Una promesa de cuento amable situado en un marco de bucólico encanto rural que estalla a las primeras de cambio. Una vaca despanzurrada y una cabeza humana cercenada entre sus pestilentes jugos gástricos.


 

Bienvenido espectador incauto, hijo de adocenadas series anglosajonas, oh tú, apoltronado en la linealidad narrativa o en el flashback cristalino, que agradece la coherencia y el final cerrado, ansioso por conectar con personajes empáticos, seguro de haberlo visto todo. ¡DESPIERTA! ¿Cómo? Acercándote a este pueblecito costero de norte de Francia, a tocar de la frontera con Bélgica, orgulloso de su banda de música, de sus majorettes y de sus caídos en la Segunda Guerra Mundial. Eso sí, por ella campan también los adúlteros, los racistas y probablemente el diablo, que va diezmando a su ya corta población con métodos que ni siquiera Dante contempló en su tour infernal de la mano de Virgilio.

Miniserie de cuatro capítulos, escrita y dirigida por Bruno Dumont -amante del drama en vena, como demostró en películas como L´humanité (1999), Flanders (2006) o Camille Claudel (2013)-, producida por el canal Arte, escogida por la revista Cahiers du Cinema como la mejor producción audiovisual de 2014, que ha tenido un montaje en formato película aplaudido a rabiar en Cannes y Donosti, P´tit Quinquin encuentra en unos rostros que se dirían surgidos de la imaginación deformada de Pieter Brueghel El Viejo, todos pertenecientes a un reparto enteramente no profesional y reclutado a partir de habitantes de la zona, su máxima declaración de intenciones. Fieros, grotescos, risibles y raros, dignos del objetivo de Diane Arbus, en su excepcionalidad e inescrutabilidad anida la esencia misma de la serie. Aquí no hay lugar para la familiaridad, cada cara, cada personaje, cada capítulo es un misterio indescifrable. Abriendo la marcha encontramos al adolescente Quinquin, hijo de ganaderos, tierno y brusco, chulesco y perdido, expresión de bestia enjaulada y labio rebelde, pedaleando todo el día arriba y abajo en su bicicleta, loco de amor casto por su taciturna vecina, líder de un trío de gamberros con mucho serrín en el cerebro.

Sus pasos no dejan de cruzarse con los del comandante Van der Weyden, el verdadero rey majara de la función, pelo enmarañado y ojos de besugo, un saco de tics y expresión fija de perplejidad. Rastros de Buster Keaton y Louis de Funes en su ADN. Da la impresión de no estar nunca ahí pero capta todos los detalles. Nunca se ríe. Cojea. Suelta frases crípticas. Tiene como segundo al teniente Rudy Carpentier. Dentadura terrible. Expresión de asco. Ligero de cascos. Hace piruetas sin sentido cada vez que arranca el coche oficial. Un lugar tan marciano requiere una pareja de investigadores igual de marcianos. El mejor elogio que se les puede hacer es que son dignos de la pluma de la novelista Fred Vargas.

En P´tit Quinquin´ se suceden las muertes estomagantes (si bien hay una de una puesta en escena casi artística), los interrogatorios y los funerales, pero las costuras del curso normal de acontecimientos de una ficción dramática se rompen sin descanso, tanto que lo que aparentaría ser un relleno o un aparte es el tejido principal de la serie, confiriéndole su sentido último. El surrealismo, el esperpento o lo hilarantemente estúpido o lo tristemente incómodo golpea una y otra vez, en especial en actos como una misa o en un desfile patriótico cuya presunta solemnidad queda hecha trizas. Dumont juega magistralmente a dilatar las escenas y a introducir elementos lógicos que por su abuso devienen descacharrantes, sin temor a reiterar un ejercicio de gran riesgo: extraer humor de las personas discapacitadas (aunque también es cierto que los presuntamente sanos y cuerdos con frecuencia no desentonarían en un sanatorio mental).


Considerada muy perezosamente un cruce entre Twin Peaks (huele a muerto y pasan cosas extrañas en un entorno idílico, ¿no? ¡pues venga!) y Bienvenidos al Norte (hay brutos y paletos del norte de Francia con acento raro, ¿no?, pues símil al canto), puede que en realidad estemos frente a la serie patafísica por excelencia de lo que llevamos de siglo XXI. La excepción es la regla, la anormalidad campa a sus anchas y sólo desde la imaginación podrá el espectador dar con soluciones a los enigmas planteados.