‘THE JINX (EL GAFE’)

POR UNA CREACIÓN SUBLIME

La correspondencia de Truman Capote permitía asistir a uno de los ejemplos más terriblemente honestos de la vanidad de un escritor, postulando toda una serie de dilemas morales, al tiempo que dejaba en el aire la pregunta de si un artista genial estaba facultado para incurrir en un comportamiento algo monstruoso si quería insuflar a su obra algo verdaderamente único, por oscuro que fuese. Exasperado por no poder echar el cierre a A sangre fía, confesaba irritado a gente cercana su deseo de que condenaran a la horca a los asesinos de la familia Cutler, mientras en paralelo insuflaba ánimos y esperanzas a uno de ellos, Perry Edward Smith, con el que había trabado una suerte de amistad morbosa. En cierto modo, Capote aceptaba así vender su alma al diablo a cambio de una creación sublime.

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El director Andrew Jarecki también sintió un deseo irrefrenable de que al individuo que era su objeto de estudio, su material creativo, le fueran terriblemente mal las cosas. De arrancarle una confesión de asesinato(s) o conseguir demostrar que tenía las manos manchadas de sangre dependía la elevación de su documental The Jinx (El gafe) de una creación meritoria a una obra maestra. El resultado fue incluso mejor. El cierre soñado. En consideración a los que no han seguido en la prensa el desenlace, guardaremos silencio. Sólo apuntaremos que quizás estemos ante el fundido a negro más escalofriante de la telerrealidad, igual que el del capítulo conclusivo de Los Soprano fue el más ambiguo de la teleficción.


¿UN DESGRACIADO O UN PSICÓPATA?

The Jinx (El gafe) es un intento por abrir una caja fuerte a priori inexpugnable llamada Robert Durst, la oveja negra de una de las familias más poderosas de Nueva York, enriquecida en su calidad de pionera en la construcción de rascacielos. Con una infancia marcada por un suceso trágico de los que abren un boquete en el corazón de cualquier individuo, Durst entró a trabajar en el conglomerado empresarial de su apellido, si bien con el transcurso del tiempo su carácter inestable y conflictivo lo apartaron del mismo, viendo cómo su hermano, el bueno, el responsable, el modélico y perfecto del clan, se hacía con las riendas. Esta intriga fratricida es digna de Shakespeare, pero el documental asienta antes sus bases en la tradición de la novela negra, puesto que en 1982 la fatalidad volvió a golpear a Robert: su esposa  Kathleen McCormack, higienista dental, desapareció sin dejar rastro.

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Ni la investigación policial pertinente ni la actuación de detectives privados consiguieron resolver el caso. Su marido reconoció que atravesaban una fuerte crisis y que habían tenido una pelea en su último encuentro, pero siempre sostuvo que la dejó en el tren que debía llevarla de Newport (Connecticut) a South Salem (Nueva York). A pesar de las sospechas de la familia de Kathleen y de las autoridades, no se hallaron pruebas que pudieran incriminar a su esposo.

Uno pensaría que, tras salir indemne de una situación tan delicada, Durst optaría por la prudencia y el recogimiento, a lo que ahora llamamos “mantener un perfil bajo”, pero nada más lejos de la realidad: la muerte seguiría rondándolo durante las próximas décadas allá donde fuera. ¿Un verdadero gafe? ¿Un imán para lo escabroso? ¿O más bien un psicópata, un reptil, un genio del crimen capaz de borrar sus huellas una y otra vez?  Aquí entra Andrew Jarecki porque, en toda novela de crímenes que se precie, acaba apareciendo un justiciero, el detective que consigue resolver el puzzle, la némesis del monstruo.


CLAVADOS AL ASIENTO

Curiosamente, Jarecki no se propuso desenmascarar a Durst o, en  su defecto, limpiar definitivamente su nombre. Fue Durst quien lo buscó a él. El cineasta había dedicado una película al caso de la volatilización de su mujer, Todas las cosas buenas (2010), con Ryan Gosling y Kirsten Dunst en la piel del desafortunado matrimonio, mucha estrella para un producto rutinario y que pasó sin pena ni gloria. No pensó lo mismo Durst que, complacido con el resultado,  rompió su voto de silencio con los medios de comunicación y se puso en contacto con el director, aduciendo que quería que lo entrevistara para dar su versión de los hechos, origen del futuro documental.

Rodado a lo largo de varios años y con veinte horas de conversaciones con el protagonista, The Jinx (El gafe) supone una inmersión en un individuo tan fascinante como repulsivo, revelándose que la desaparición de su esposa no fue el único episodio potencialmente criminal de su vida sino apenas un prólogo. Al espectador le aguardan descuartizamientos en Galveston -escenario, dicho sea de paso, de la magnífica novela homónima de Nic Pizzolatto, el creador de True Detective– y ejecuciones a sangre fría en Los Ángeles, diversos momentos de tensión e incomodidad, algunas lágrimas, actos incomprensibles y absurdos, cambios en la realidad que superan cualquier giro de guion imaginado y la sensación constante de estar asistiendo, boquiabierto y clavado al asiento, a la respuesta más lograda que el documental non fiction del siglo XXI puede dar a la novela non fiction del siglo XX coronada por la citada A sangre fría.

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YO CONOCÍ AL DIABLO

Y sí, la producción de la HBO está a la altura de los mejores libros del género ‘true crime’, pero cuenta con un plus inestimable, asistir a la evolución de un caso ‘en tiempo real’, conmoviendo con los testimonios que muestran la imposibilidad de cerrar heridas y mostrando las angustias de un equipo de profesionales que, de golpe, se descubre sobrepasado por los acontecimientos y enfrentado a una peliaguda toma de decisiones, donde a la ética profesional se suma el compromiso con los muertos. Sin embargo, The Jinx (El gafe) desprende toneladas de energía oscura gracias al porte de falsa fragilidad y la desasosegante personalidad que exuda Robert Dust. Uno tiene la sensación de que Andrew Jarecki debe vérselas con el diablo, alguien retorcido y astuto que pretende ser todo lo contrario, una víctima desamparada.

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La lectura de El periodista y el asesino, el clásico de la escritora Janet Malcom de The New Yorker sobre lo que es moralmente reprochable cuando una persona de carne y hueso no está a la altura del personaje que colme las aspiraciones literarias de un autor en busca de una gran obra, acudió repetidas veces a la cabeza de este reportero. The Jinx (El gafe) no sólo pues es género negro en vena, sino que acarrea un debate moral igual de sugerente.

Fresh Blood de Eels, la canción/rugido que abre cada capítulo supone una elección gloriosa, pero el silencio que se cierne tras el toque de gracia que da paso al último rodar de los créditos es pura metafísica.