‘THE KNICK’

La frustración ahoga al doctor John Thackery, sometido a las limitaciones a las que se enfrentaban en el despertar del siglo XX aquellos que, sin faltar a la verdad, todavía podrían ser llamados ‘matasanos’. Clive Owen se ocupa del personaje en The Knick, una serie con el sello de Steven Soderbergh.


HOSPITALES CON CUERPOS

Las series ambientadas en hospitales siempre han despertado pasiones a pesar de incurrir en una contradicción flagrante: traicionar la misma esencia de los hospitales, dejando fuera de campo aquello que los dota de su sentido último, léase la mesa de operaciones.

Tradicionalmente no ha habido carne sufriente en ellas, sólo las emociones del paciente, de su círculo y del equipo de profesionales. Una bata con rastros de sangre o una radiografía podían servir de recordatorios de que entre esas cuatro paredes se actuaba sobre los cuerpos, pero nadie corría el riesgo de que se le fuera a indigestar el almuerzo o la cena con la mínima dosis de la realidad diaria del lugar. Hasta que el 8 de agosto de 2014 aterrizó The Knick a la cadena Cinemax, abriendo el capítulo piloto con una cesárea de resultados catastróficos.

Puede que sea lo menos trascendente de la serie, pero hemos empezado por ello ya que no deja de singularizarla: la mesa de operaciones es un campo de batalla literal y metafórico, zona de guerra por la que mana la sangre sin control y a la que con frecuencia se presenta la muerte con la vista puesta, eso sí, en un futuro mejor (nuestro presente de cirugía láser, por así decirlo).


Nos encontramos en un hospital privado de Nueva York, financiado por próceres de la ciudad, aunque ubicado en una zona poco recomendable de la misma y que atraviesa serios apuros económicos. El año es 1900 y, si bien se ha avanzado notablemente desde esos tiempos del medievo en que, cuentan las crónicas, a uno le quemaban con un hierro candente una zona del cuello para neutralizar el dolor causado por la simultánea extracción de una muela con unas tenazas, la medicina sigue a las puertas de los grandes descubrimientos científicos que rebajarán la altísima tasa de mortalidad durante una intervención.

    

Prácticamente en cada uno de los diez capítulos que conforman su primera temporada -dirigidos al completo por Steven Soderbergh, como anteriormente hiciera Cary Fukunaga con True Detective-, The Knick incluye alguna escena breve que recordará al espectador los motivos por los que jamás se le cruzó por la cabeza estudiar Medicina. Pero lejos de erigirse en momentos de repulsión gratuitos (y menos cuando el nivel de crudeza expositiva parece tener carta blanca en la televisión), su sentido queda plenamente justificado en la razón de ser de la historia: mostrar las limitaciones y obstáculos a los que se enfrentaban en el despertar del siglo XX aquellos que, sin faltar a la verdad, todavía podrían ser llamados ‘matasanos’. Si en las series ambientadas en los hospitales contemporáneos la intromisión en el cuerpo ajeno con objetivos sanadores quedaba sistemáticamente desterrada, quizás en parte por darse por descontado que, excepto en el caso de muy improbables negligencias médicas, el error humano suponía una anomalía anecdótica, en The Knick la fragilidad del conocimiento médico y, por extensión, la de sus ejecutores toman el centro del escenario, son el quid.


EL SACRIFICIO DEL COCAINÓMANO         

Representando la mezcla de frustración lacerante e ilusión desmedida de todos los miembros del gremio, sus palos de ciego y sus ansias de progreso, está el doctor John Thackery, interpretado con convicción obsesiva, delirios mesiánicos y mirada sostenida por Clive Owen. En el primer capítulo asistimos al suicidio de su predecesor en el cargo como cirujano jefe del hospital Knickerbocker por cargar con demasiados muertos sobre su conciencia (una forma de llevar el sentido de la responsabilidad profesional hasta el límite de sus posibilidades de la que hoy sólo tenemos noticias en la cultura japonesa). Thackery, que lo idolatraba y creía en sus palabras cuando decía que a los de su especie se les abrían horizontes antes reservados a los dioses, no sólo hereda las funciones más complejas del centro sino toda una carga simbólica: superar al maestro y desmentir el mensaje de derrota lanzado con su deceso, el cual, por si fuera poco, abre la vía a puntuales visitas fantasmagóricas. 


 

The Knick es en gran medida el apasionante relato de la paradójica personalidad de Thackery, alguien que se va destruyendo a sí mismo, a base de inyectarse cocaína y acudiendo a fumaderos de opio, durante el proceso de investigación de remedios llamados a salvar a miles de personas. Igual que un kamikaze, la lectura de su figura encierra una contradicción trágica: sólo su sacrificio personal -porque alguien en su sano juicio y sin el consuelo de  alucinógenas formas de escapismo no podría librar sus guerras- puede conducir al bienestar colectivo. Para avanzar en la cura de los organismos ajenos hay que conseguir que la mente resista y  eso sólo se puede garantizar violentando el organismo propio.

Un médico de carne y hueso, Stanley Burns, historiador de su especialidad y asesor de la serie, también ha ofrecido razones más objetivas que explicarían las adicciones del personaje. Asegura éste que a Thackery le chifla la cocaína ya que detrás suyo hay un matasanos auténticos de la misma época y con idéntica afición: William Halsted, quien se colgó de la citada droga puesto que en aquellos tiempos era común que los médicos se auto emplearan como conejillos de indias, probando en sí mismos nuevos tratamientos y medicamentos, no sabiéndose aún que la cocaína, estudiada por sus posibles efectos anestésicos, causara adicción).


 

AQUÍ NO QUEREMOS NEGROS (NI EUROPEOS)

Si Thackery es respetado por cuanto sabe de su oficio y por cuanto la gente no sabe lo que hace en privado, el doctor Algernon Edwards (Andre Holland), su cirujano asistente impuesto por la cúpula directiva y un dechado de principios, es despreciado por cuanto es públicamente -un hombre negro- y por cuanto no se le deja mostrar sus conocimientos del oficio. Pero lejos de plantearse un conflicto entre ambos individuos, su relación transmite complicidad, porque ambos anteponen la garantía de un competente servicio médico a cualquier otro interés, si bien el de color debe recurrir a la clandestinidad.

En una serie que pulsa lacras como la superioridad económica entendida como superioridad moral y el puritanismo sexual entendido como arma de destrucción espiritual, el racismo se erige en su otra gran piedra angular, sirviendo cuanto ocurre de puertas adentro de reflejo de la sociedad neoyorquina del momento en su conjunto. En el recelo que despierta el hecho de que Edwards haya estudiado en Francia, circula asimismo un divertido anti europeísmo, mientras Oriente encarna al proveedor del placer prohibido. Los estadounidenses ricos son el centro del mundo, ¿cómo iba a ser de otra forma?  

LAS TRES PATAS DEL DESASOSIEGO

Rodada en apenas 73 días, The Knick, cuya segunda temporada está previsto que se estrene en otoño de este año, encuentra en Steven Soderbergh al demiurgo perfecto a la hora de dotar a las imágenes de las mismas pulsaciones de desesperación y rabia que atenazan a los protagonistas, al tiempo que de crear una textura reiteradamente semi onírica, como si a la mente de Thackery y a las salas del hospital las cubriera un velo de irrealidad, conscientes todos de estar en un limbo donde los vivos no acaban de sentirse seguros ni los muertos de dormir tranquilos para siempre.

Como de costumbre, Soderbergh ha recurrido al seudónimo de Peter Andrews para firmar una fotografía que acentúa en rojos y amarillos la intimidad culpable de sus criaturas, al tiempo que ciega de blanco esa sala de operaciones que es antes una cámara de los horrores que un foco de esperanza. También es suyo el montaje que se oculta bajo el nombre de Mary Ann Bernard, por medio del cual juega a sutiles cambios rítmicos y atmosféricos. Pero si Soderbergh encuentra un socio que consigue elevar el producto hasta cotas de enorme sugerencia, ese es el músico Cliff Martínez, autor de una banda sonora plenamente anacrónica. El recurso a música electrónica halla el modo de encajar armónicamente con el estado anímico febril y desesperado de Thackery y compañía, punteando con el martillo pilón de sus notas el desasosiego de un periodo y unas gentes que luchan a contrarreloj contra la muerte, faltos de medios y soluciones, construyendo castillos en el aire, alimentando sueños y barriéndolos a las primeras de cambio.

A los sensibles y los no amantes de la obra temprana de David Cronenberg, les bastará con no mirar cuando trepanan cerebros en directo o crean el injerto de piel más imposible de aguantarle la mirada para disfrutar del espectáculo.