“Siempre abandono a mis personajes en sus momentos de crisis”

En Estados Unidos del amor cuatro mujeres se enfrentan a su propia libertad en la Polonia recién salida del comunismo. Su director, el polaco Tomasz Wasilewski, se alzó con el premio al Mejor Guion en el pasado Festival de Berlín. A través de largos planos secuencia descubre el mundo interior de estas mujeres en las que la imagen que dan no tiene nada que ver con lo que sienten por dentro.  Todas parecen ansiar una libertad con la que realmente no saben cómo lidiar y hacen lo que sea para conseguir unos objetivos poco claros.

Agata regenta su propio videoclub, Iza es directora de un colegio, Marzena es una ex miss que trabaja de monitora de baile y de aerobic; y Renata es profesora. Viven en un opresivo bloque de apartamentos en el que se sienten profundamente solas. Tomasz Wasilewski realiza así un viaje a su propia infancia en la que estuvo rodeado de las mujeres en las que se inspiran las protagonistas de su tercer largometraje.

TÍTULO: ESTADOS UNIDOS DEL AMOR DIRECTOR: TOMASZ WASILEWSKI DURACIÓN: 104 MINUTOS GÉNERO: DRAMA DISTRIBUIDORA: GOLEM ESTRENO: 7 DE JULIO DE 2017

La película está basada en retazos de tu infancia.

Sí, no son historias verdaderas pero es una fantasía acerca de la gente que yo recuerdo de esa época. El comunismo había caído y se podía salir al extranjero. Muchas familias estaban divididas, los padres viajaban a países como Estados Unidos o Alemania. Fue el caso del mío. Yo me quedé con mi madre, mi hermana y las amigas de ambas, por lo que toda esa transición la viví desde un punto de vista femenino. He querido volver a esa época para hacer un retrato de estas mujeres. Siempre de niño pensé que eran muy felices, pero cuando crecí me di cuenta de que eso no podía ser verdad. Quería abrir las puertas de sus pisos y entrar dentro. Empezar a pensar lo que ellas pensaban y sentían, y qué significaba la vida para ellas entonces.

En la película, abundan los planos estáticos en los que contemplamos cómo estas mujeres se comportan en sus casas, sus trabajos y en sus relaciones personales. ¿Cómo fue el trabajo con el director de fotografía moldavo, Oleg Mutu?

Para mí siempre había sido un sueño trabajar con él. Era y soy un fan incondicional de su trabajo. Al preparar la película conseguí su correo y teléfono, así que directamente le llamé y le dije “Hola soy polaco, me llamo Tomasz y quiero trabajar contigo”. Empezamos a hablar de cine y nos entendimos. Le mandé el guion, vino a Polonia, hicimos unas pruebas y acabamos decidiendo trabajar juntos. A ambos nos gustan mucho los planos secuencia. La diferencia es que a mí me gusta la cámara estática y a Oleg que la cámara baile. Conseguimos entendernos de tal forma que si hubiéramos rodado dos meses más habría sido yo quien habría querido bailar continuamente con la cámara y Oleg mantenerla fija.

Los edificios de estilo soviético reflejan cómo se sentían estas mujeres de la Polonia post comunista.

Sí. Todo lo que creo en la película tiene que funcionar par algo y siempre tiene que ser desde el punto de vista emocional. El vacío y la nada eran necesarios para retratar de forma no demasiado obvia lo que sentían. Aparte de que eran la realidad, yo crecí en un vecindario así.

Tratando el tema de la sexualidad, ésta adopta también un papel protagonista a la hora de hablar de cada una de estas mujeres. ¿Qué quería mostrar a través ella?

En cada película establezco un trato con la sexualidad, para mí es muy importante. Es la forma de expresión más natural en la vida de los seres humanos. Desde el principio sabía que iba a ser parte de los personajes, pero también sabía que iba a contar los momentos más difíciles de sus vidas, porque esos momentos son los que más me inspiran. Buscaba situaciones en las que combinar la sexualidad con esa oscuridad que buscaba y ése fue el resultado.

Igualmente, muestra especial interés por la desnudez femenina.

Como artista, trato de buscar los aspectos más puros de la verdad; los momentos que sean más naturales para el personaje, y no hay nada más natural para nosotros que nuestro cuerpo. Estas  mujeres son hermosas y así es como quería retratarlas. No somos perfectos y no veo razón para fingir que sí lo somos. Lo que nos hace imperfectos es precisamente lo más fascinante y lo que marca la diferencia en cada uno de nosotros.

Estados Unidos del amor podría entenderse como un homenaje a cuatro mujeres corrientes que buscan su libertad. Sin embargo, son profundamente desgraciadas.

Porque no creo en los finales felices. En la vida sí, pero en las películas siempre abandono a mis personajes en sus momentos de crisis. Dejo que el público sea quien decida si salvarles o empujarles a su abismo.

¿Qué pasaría si llevásemos a estas mujeres a la Polonia actual? ¿Serían sus vidas y sentimientos diferentes?

Desde el punto de vista emocional esta película podría ocurrir hoy en día. Los sentimientos podrían ser los mismos pero creo que las decisiones tomadas serían diferentes; porque la sociedad es diferente. Las posibilidades también serían otras. Ahora Agata podría divorciarse fácilmente en comparación con esa época, en la que habría sido motivo de vergüenza.

A menudo muestra a los personajes de espaldas con la cámara detrás de sus cabezas. ¿Qué quería conseguir con ello?

Para mí es más importante hacer que la audiencia experimente las emociones a que las vea. Tratamos de planificar las escenas con emociones y no tanto con información, para que el público las viva a través de esta emoción. Da igual ver a Agata llorar, quería dar la sensación de que ella nota la respiración del espectador en su cuello. Esto es algo muy íntimo con lo que trato de poner al público en esa emoción.

¿Cómo decidió el orden de aparición de los distintos personajes?

La estructura de la película fue un auténtico reto. La monté tal y como estaba escrita intentando que las emociones de Agata funcionaran y se encadenasen con las de Iza, y que las de Iza funcionaran con las de Renata, y luego las de Marzena. El universo que plantea la película es como un puzle y cada pieza tiene un sitio.