‘EN ESTOCOLMO O EN EL FIN DEL MUNDO’

‘UNA PALOMA SE POSÓ EN UNA RAMA A REFLEXIONAR SOBRE LA EXISTENCIA’

“Me alegra saber que todo os va bien”. Es una especie de mantra que repiten una y otra vez los personajes de la nueva película de Roy Andersson, Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia, merecidísima ganadora de la Palma de Oro en la pasada edición del Festival de Venecia. Desdichados habitantes de vidas grises, atrapados en una rutina demasiado estúpida para una existencia que es por definición trascendental, las mujeres y hombres de esta película son modelos de lo absurdo que en sus conversaciones telefónicas engañan y se engañan insistiendo en la frase citada.

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39 cuadros próximos a la perfección y que describen, tal y como promete el título, la existencia –con mayúsculas y en minúsculas–, tratados con las dosis justas de humor negro e inteligencia, consiguen la amargura necesaria que surge inevitable siempre después de cierta risa, la risa alterada del reconocimiento. Es la conclusión, un broche de oro puro, a la trilogía que inició este cineasta con Canciones del segundo piso y siguió con La comedia de la vida. Trilogía para la que Andersson, perseverando en su sentido de la sátira, ya ha anunciado una continuación, La cuarta entrega de una trilogía.

“No le hagas caso, es demasiado filosófico cuando habla”, dice uno de los personajes de esta película, que arranca con la muerte para subrayar lo pueril que ésta puede resultar, lo vulgar del momento que elige… y dejar bien claro, clarísimo, cuál es su postura ante la audiencia. “No odio la gente, solo la estupidez. Aborrezco la ignorancia y la falta de empatía”, dijo el cineasta en Venecia, donde no se racanearon los aplausos y los elogios, sino al contrario, para una obra que parece calculada no solo en su contenido, sino también en cada detalle artístico.

Andersson repasa la muerte, denuncia la crueldad del ser humano, se carga un símbolo histórico de su país… con una película que sigue los pasos de dos vendedores de artículos de broma –“Nuestra bolsa que ríe es fantástica para animar las fiestas o los días de oficina”–, con los que atraviesa esa trágica caricatura de la vida de la que ninguno somos capaces de escapar. Al fin y al cabo, como el propio cineasta aclaró en Venecia: “Vengamos de donde vengamos, todos somos similares, en Estocolmo o en el fin del mundo”.


ROY ANDERSSON, HEREDERO DE BECKETT

“Estoy tratando de mostrar lo que se siente al ser humano y estar vivo”. Roy Andersson levanta su magnífico edificio cinematográfico de solo un puñado pequeño de películas sobre los cimientos de una inmensa contradicción: pequeñez y mortalidad. Alcanzar un objetivo colosal desde la sobriedad y la mesura. Conquistar lo absurdo, el despropósito, lo desolador y amargo de la existencia, pero también el tesoro que significa, desde la cámara fija y una magnífica pureza del plano.

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Rebautizado como ‘slapstick Bergman’, las alusiones a Monty Python y a Kaurismaki son constantes con cada una de sus películas, cuando, en realidad, lo que es Andersson es el genuino y dignísimo heredero del soberbio Samuel Becket.  Como aquel, se inclina hacia el minimalismo y el pesimismo, y como aquel, no puede apartarse del humor negro y agrio.

Los más de cuatrocientos anuncios publicitarios que ha rodado Roy Andersson en su vida tal vez sean lo que mejor explique su estilo como cineasta. Invadida por la frivolidad, lo insustancial, las apariencias… la publicidad provoca el choque con la realidad de un hombre que aprendió el valor auténtico de la solidaridad y la dignidad en su infancia, en Gotemburgo, donde a él, “como a otros niños de familias de clase trabajadora, nos llevaron a la orilla del mar para darnos pan y leche”.

De una coherencia extraordinaria, con esos anuncios se financia sus películas, pocas, espaciadas en el tiempo y cada vez más ácidas. Y próximas al sentido de la obra de otros grandes, como Beckett o como T.S. Elliot, mensajeros de la desintegración, del lado oscuro del ser humano, de lo que estamos dejando que muera, pero aún esperanzados en la posibilidad de conquistar la humanidad hundida en ese caos.

MAESTROS DE LA FRAGMENTACIÓN

Roy Andersson apuesta por contar su película fragmentada en 39 cuadros fijos. Limpios, elegantes, refinados. De esta forma consigue desmenuzar para mejor analizar. Su película, respetando todas las distancias que crea la singularidad del arte, se hermana con el humor de otras producciones con estructuras parecidas. Los Monty Python, ultraprofesionales del sketch en televisión, lo han hecho en algunos de sus filmes. En uno de ellos, El sentido de la vida (1983), trocean sin piedad el ciclo de la vida para mostrárselo al espectador. Woody Allen dio esta forma a su cuarto largometraje, Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo y no se atrevió a preguntar (1972), parodia sobre la sexualidad. Imposible borrar de la mente la imagen de Allen-espermatozoide.

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Seis escenas empleó Jacques Tati para construir su pulcrísima comedia Playtime (1967), su película más brillante y también la que causó su bancarrota. El maestro italiano Ettore Scola retrató Roma hace unos años con una película-mosaico, Genti di Roma (2005), en la que había espacio para la inmensa variedad de habitantes de este rincón del mundo único en su belleza y en su caos. Sacha Baron Cohen atacó las peores tradiciones de EE.UU. con sketches bastante irreverentes en Borat (Larry Charles, 2006), el falso documental protagonizado por un audaz reportero de Kazajistán.

En España, José Luis Cuerda radicalizó el humor con grandes resultados en Amanece que no es poco (1989), donde ponía en marcha una serie de secuencias con decenas de personajes interpretados por una potentísima representación de los actores del cine español de entonces. Hace muy poco, Juan Cavestany, con una mirada completamente diferente, recurría a los sketches y, en algunos momentos, también al absurdo, en Gente en sitios (2013), una película insólita en nuestra cinematografía, que cosechó espléndidas críticas.