WOODY ALLEN

Quizá suene un poco posapocalíptico, pero los menores de 40 años no saben quién es Woody Allen. Todos aquellos que le han conocido en las últimas dos décadas, que le descubrieron con Midnight in Paris (2011) o con Blue Jasmine (2013), no pueden comprender la relevancia que tuvo en el crecimiento de toda una generación de aficionados al cine, en los momentos de placer que llegó a producir, en lo buenas que eran sus películas y en la salivación que producían hasta que llegaban, una por año, sus historias de desamor, sus chistes sobre las palomas y los católicos, sus mujeres (con especial mención siempre a Diane Keaton) y sus colegas, Tony Roberts y Michael Murphy especialmente…

Como no se puede juzgar la importancia histórica de Diego Armando Maradona viendo los videos de sus mejores partidos y la gente más joven tiende a pensar (equivocadamente) que Messi es el mejor futbolista de la historia (algunos incluso piensan en Cristiano Ronaldo, cuando ni siquiera es el mejor Ronaldo), tampoco es posible comprender su importancia sin haber estado allí, esperando con ansiedad y pasión la siguiente cita, leyendo el Fotogramas (en papel) para averiguar cuándo iba a llegar a las pantallas españolas su nueva película…

 

LA EMOCIÓN

Woody Allen llegó a ser una categoría en sí mismo, de aquellas con las que gusta definir a las películas en los periódicos, comedia, drama, musical o histórica; pues en una época en esas definiciones podía poner “comedia de Woody Allen”.

Pero el tiempo pasa para todos y los grandes maestros ruedan La invención de Hugo (2011) y Tetro (2009). Y Woody Allen sigue dirigiendo películas, al mismo ritmo de siempre, e incluso las hace aquí cerca. Y es una buena noticia porque la esperanza es lo último que se pierde –Scorsese acaba de volver por donde solía con la estupenda El lobo de Wall Street (2013)–, y siempre hay una frase, una canción, una emoción, un chiste…

Hoy ya no hay necesidad de ir al cine a ver su nueva película en el primer pase que se da en la ciudad, un viernes otoñal a las cinco de la tarde o cinco y cuarto, para ser uno de los primeros en verla. Hoy ya no hay tanta prisa, por él y por nosotros, que no toda la culpa es suya.

Y queda el recuerdo de la emoción de aquel primer pase de Hannah y sus hermanas (1986) del 9 de enero de 1987 en los Cines ABC Park de Valencia, cuando pensábamos que ya éramos lo bastante mayores para entenderlo todo. O ese inolvidable 6 de abril de 1990 en que las imágenes en 35mm de Delitos y faltas (1989) se proyectaron por primera vez en aquellos cines Golem de Pamplona…

45 largometrajes y un tercio, un pedazo de las vidas de muchas personas crecieron a la vera del maestro nacido en Brooklyn como Allan Stewart Königsberg, del hombre que se convirtió en género, en excusa para muchos cafés vieneses, cervezas y lágrimas de los dioses de las tierras altas de Escocia.

 

Michael: ¿Encontraste trabajo?
Victor: Sí. Encontré algo en un local donde hacen striptease. Ayudo a las chicas a vestirse y desnudarse.
Michael: Un buen trabajo.
Victor: Veinte francos a la semana.
Michael: No es mucho.
Victor: Es todo lo que puedo pagar.
¿Qué tal, Pussycat?  (1965)


Todo empezó con los monólogos, las comedias disparatadas, Toma el dinero y corre (1969) y Bananas (1971), y antes que eso la película japonesa que dobló y convirtió en What’s Up, Tiger Lily? (1966). Y luego la divertidísima Love and Death (1975), que un avispado distribuidor español convirtió en La última noche de Boris Grushenko, especie de parodia de Guerra y paz y la literatura rusa del XIX, y El dormilón (1973) y su recordado “orgasmatrón”.

Mary: No me psicoanalices, por favor. Ya pago a un médico para eso.
Ike: ¿Qué? ¿Llamas médico a ese tipo con el que hablas? Quiero decir, ¿no te inspira sospechas que tu analista te llame a las tres de la mañana llorando?
Manhattan (1979)


Y entonces aparecieron en el firmamento Annie Hall (1977) y Manhattan (1979), y George Gershwin y la pequeña de las Hemingway y la lista de artistas sobrevalorados y Alvy Singer y las langostas que se escapan y la felicidad de pasear en un coche nuevo y los besos bajo las estrellas y las películas de W. C. Fields y siempre Nueva York, a veces Coney Island pero siempre Manhattan, ese puente que realmente nunca fue el de Brooklyn pero daba igual, esos posters en habitaciones de estudiantes, almuerzos en el Russian Tea Room y cenas en Elaine’s…

Madre: Presta más atención a tus estudios y menos a la radio.
Joe: ¡Pero si vosotros no paráis de escuchar la radio!
Madre: Es distinto. Nuestras vidas ya están arruinadas.
Días de radio (1987)

Y esa Hannah y sus hermanas (1986), Dianne Wiest y Barbara Hershey, y Max von Sydow e incluso la novia de Tarzán. Y las historias de la radio, esos retratos de familias judías trabajadoras en busca de la felicidad o la tranquilidad, la casa bajo la montaña rusa del parque de atracciones, la educación sentimental y sexual. Y Jeff Daniels saliendo de la pantalla de un cine. Y Broadway Danny Rose (1984) y el maravilloso falso documental Zelig (1983), surgido décadas antes de que se inventara el género.

Mickey: ¿Y si Dios no existe y solo vives una vez y se acabó? Bueno, ¿es que no quieres pasar por esa experiencia? No todo es una porquería, qué demonios. (…) Y bueno, después, ¿quién sabe? Quiero decir que quizá exista algo. Nadie lo sabe con certeza. Ya sé, ya sé que la palabra “quizá” es un agarradero muy débil para colgar de él tu vida entera, pero es lo mejor que tenemos.
Hannah y sus hermanas (1986)

Primero Interiores (1978) y Recuerdos (1980) y después September (1987) y Otra mujer (1988) aparcaron por unas horas las sonrisas y se acercaron más al alma humana, especialmente al alma de las mujeres. Y Allen se puso nostálgico y trascendente y viajó con Alice al corazón de sus sueños y se dio un paseo por el cine expresionista alemán de los años treinta en Sombras y niebla (1991).


 

Cliff (sobre sus cartas de amor): Las plagié casi todas a James Joyce. Supongo que te extrañarían tantas referencias a Dublín.
Delitos y faltas (1989)

Y sigue con el cine en letras mayúsculas y dirige algunas de sus mejores películas, como las difícilmente superables Delitos y faltas (1989) y Maridos y mujeres (1993), que transitan por los vericuetos del alma humana, de las relaciones de pareja a finales del siglo XX, sin eludir algunos de los momentos más divertidos de su carrera.

Larry: Cuando escucho a Wagner más de media hora me entran ganas de invadir Polonia.
Misterioso asesinato en Manhattan (1993)

Dirige películas divertidas como Misterioso asesinato en Manhattan (1993) o Balas sobre Broadway (1994), un musical –Todos dicen I Love You (1996)–, tiene momentos de genialidad en Desmontando a Harry (1997), coquetea con la nostalgia en La maldición del escorpión de jade (2001), rueda en Barcelona, París y Londres, se fusiona con Larry David en Si la cosa funciona (2009), donde vuelve a su escenario natural, Nueva York, donde ha rodado sus mejores películas y donde es el auténtico, el de siempre, el de antes, el grande, uno de los nuestros, que nos hace mirar atrás, cuando éramos más jóvenes y mejores, cuando a Woody aún no le habían hecho una estatua en Oviedo ni se paseaba con su clarinete por novísimos auditorios de toda España.

Y sigue dirigiendo… pero esa es otra historia.


 

ACTORES A LA CARRERA

Hace unos años, los intérpretes de todo el mundo entraron en una poco disimulada competición por meterse en los repartos de las nuevas películas de Woody Allen. Le llegó el turno a Joaquin Phoenix, un actor soberbio y un tanto insólito, que (sin sorpresas) estaba también magnífico en Irrational Man. Le acompañaba Emma Stone.

El cineasta se dejó llevar por un asunto extraordinariamente serio, el del sentido de la vida y la ética que debe rodear a éste, lo que ha teñido de cierta gravedad esta película. Un profesor de Filosofía, tremendamente atractivo, sufre total indiferencia existencial. En su nuevo trabajo, en una pequeña universidad, establece vínculos íntimos con una colega y con su mejor alumna. Todo cambia cuando toma una decisión trascendental. Su vida cobra sentido, comienza a disfrutar de nuevo, pero…

El humor negro asomaba poco en este drama filosófico, en el que Allen establece uno de sus debates éticos –uno de los interesantes- y donde no permite que se instale la simplicidad (lo menos elaborado, paradójicamente, son las reflexiones en voz alta sobre Kierkegaard o Kant o… que hace el personaje en su clase). Mucho más intelectual que otros de sus títulos recientes, en Irrational Man se siente más ácido el pesimismo del cineasta.

Parker Posey, Jamie Blackley y Ethan Phillips completan el reparto de esta película, una historia que nace como comedia romántica, que va derivando hacia terrenos mucho más ‘hitchconianos’ y que, en muchos momentos, recuerda la afición de Allen por la Filosofía. “Me influyeron mucho las películas de Bergman que vi de joven. Por aquel entonces, no había leído a Nietzsche ni a Kierkegaard, filósofos a los que Bergman recurría mucho, pero ese material tuvo un efecto muy profundo en mí. Me fascinaban sus películas, las cuestiones que planteaban y los problemas que trataban. Posteriormente, con los años, fui leyendo cierta cantidad de Filosofía y fui capaz de entender más claramente quién lo influyó y qué ideas estaba dramatizando”.

En Café Society ambientó la historia en los años 30, un romance en el Hollywood de esos años, en el que le acompañaron Jesse Eisenberg, Steve Carell y Kristen Stewart. Aquí el cineasta volvió a jugar con esa ligereza que tan bien domina cuando habla de parejas, de sus traumas, sus satisfacciones, sus desencantos… Y aquí se alió con Vittorio Storaro, otro de los nuestros.

Y ahora en Wonder Wheel vuelve a dar en el clavo al elegir a Kate Winslet para interpretar a su personaje principal, una mujer que fue actriz, que probablemente no tenía demasiado talento para ello, pero que sueña con una vida mejor de la que tiene y que enloquece al descubrir que no podrá conseguirlo. Es la vuelta del Allen más oscuro y trágico, el de la decepción y los sueños rotos.